domingo, 26 de enero de 2014

Capítulo 3: Buen día, sra. Grey.

Nos miramos fijamente sin decir nada y sin movernos apenas, manteniendo aún una distancia de al menos treinta centímetros, valorándonos mutuamente como si quisiéramos hacernos el amor con los ojos antes de proceder con el cuerpo. Es increíble lo que me hace este sexy, caliente hombre tan sólo con sus ojos grises, su presencia y esa postura predadora. ¡Por todos los cielos, que no me ha tocado y ya mi respiración es errática! Un dulce cambio de ritmo. Un panorama completamente nuevo muy bienvenido.

–Te amo tanto, Christian –murmuro salvando la distancia que nos separa, deslizando mis manos por su cuello y afianzando el agarre en su pelo suave, sedoso, como tocar plumas. Riego su bello rostro con besos y ligeros mordiscos, pasando la lengua por la barba de un día que pica bajo mis labios y hace que me caliente como el infierno. Mis manos bajan por su pecho ancho y fuerte, el abdomen definido, hasta llegar a la cintura de sus jean azules para soltar el botón que hace un sonido inofensivo pero tan cargado de sensuales promesas…

Christian agarra mi barbilla para que deje de morderme el labio inferior y luego se inclina para besarme. Duro. Necesitado. Es evidente que esta situación no sólo me ha afectado profundamente a mí, Christian también está desesperado, aunque no lo demuestre tan abiertamente. Sus manos se mueven casi con rudeza a mi cabello para sostenerme, mientras su boca allana la mía, su lengua clama y exige, da y pide con un fervor que no hace más que tenerme lista antes de que hayamos siquiera empezado a tocarnos. Toda yo vibro como el motor de un auto viejo mientras Christian Grey, mi caliente marido, hace su magia usual pero oh tan maravillosa.

–Te amo, Anastasia. –Él comienza una lenta tortura de regar besos y chupetones por mi cuello, aunque no lo suficientemente fuertes como para dejarme de nuevo esas horribles marcas. Se posiciona detrás de mí, toma mi cabello y comienza a trenzarlo con facilidad antes de darme un tirón que me obliga a dar un paso atrás hacia él–. Eres tan hermosa.

Toma mis pechos hinchados en sus manos fuertes, habilidosas, apretándolos y masajeándolos mientras sus dedos comienzan a torturar, halar y pellizcar mis pezones. Enseguida el cable que conecta con mi ingle se tensa enviando por todo mi cuerpo deliciosas descargas de placer, haciéndome abrir la boca y gemir con fuerza. ¡Demonios, Christian! Él coge el bajo de mi vestido, lo alza lenta y tan tortuosa pero-oh-provocativamente antes de tirarlo a su espalda en el suelo, que mi diosa interior no estalla en combustión espontánea por pura suerte. 

Estoy en bragas y sujetador con un corazón cada vez más acelerado, viendo cómo Christian se deshace de sus pantalones, zapatos, calcetines y calzoncillos. Glorioso, desnudo, apetitoso dios griego todo para mí. Deslizo mis manos por mi espalda y me deshago del sujetador, luego hago lo mismo con las bragas. Ahora estamos desnudos, jadeantes, y calientes como el infierno.

Acerco mi nariz a su torso e inhalo con fuerza esa deliciosa fragancia a gel caro, semental y Christian, el más afrodisíaco de los aromas, antes de pasear mi lengua por su parche de vellos camino del cuello y luego de regreso y hacia abajo por el abdomen. Me dejo caer en la cama permitiendo que Christian separe mis piernas con sus manos; todos los músculos al sur de mi cintura se tensan cuando su fabulosa boca se pasea sin prisas, casi con una burlona lentitud deliberada, por mi cuerpo, mis muslos, mis caderas, mi abdomen, entre los pechos, que lame, muerde y chupa antes de proseguir su camino hacia arriba hasta encontrar mi boca. Siento su erección contra mi cadera y sus manos en mi pecho.

–Christian… –Suplico y me retuerzo.

–Eres preciosa, Anastasia.

Su boca baja de regreso por mi cuerpo y se asienta en la zona interior de mis muslos, sus manos siendo parte del sensual asalto. Mi espalda se arquea con fuerza cuando su boca húmeda y su respiración caliente se hallan ya a unos casi inexistentes centímetros de mi sexo.

–Por favor…

–Shh.

–¡Christian! ¡Ah!

Y cae. Su lengua comienza a hacer estragos en mí, masajeando mi punto externo más sensible, enviando impulsos eléctricos por todo mi cuerpo que arquean más y más mi espalda. Siento cómo se me tensan las piernas instantes antes del inminente, liberador y poderoso orgasmo que barre mi sistema de cabeza a pies con fuertes sacudidas y réplicas. Apenas logro acompasar mi respiración lo suficiente como para ser consciente de Christian cogiendo mis piernas y amarrándoselas alrededor de la cintura.

–De vuelta a casa –murmura, posicionando su erección a la entrada de mi cuerpo como si se tratara de un torpedo en su compartimento de disparo. Luego, muy lenta y maravillosamente, se introduce en mí, expandiéndome y enviando más oleadas de calor y temblores por todo mi cuerpo.

–Oh, Ana.

Se mece suavemente adelante y atrás, con lentitud, burlándose de mí como acabó de hacer con su boca. Me aferro fuertemente a las sábanas y cierro los ojos, absorbiendo la sensación.

–Christian… más rápido.

–Todavía no. Siéntelo. –Se inclina y me besa. El vaivén de sus caderas va a volverme loca, va a matarme. Toda la tensión muscular, toda la tensión emocional… él tiene en sus manos la llave para liberarnos a ambos aunque sea por unos mágicos instantes, pero en lugar de eso sólo se mofa de mí recordándome que mi placer le pertenece por completo, así como a mí el suyo–. Abre los ojos. Quiero verte. Necesito verte, Anastasia.

Lo hago y lo miro. Me resulta increíblemente cautivador cómo su rostro puede ser sensual a pesar de la tensión que irradia. ¿Tensión por el sexo, por Teddy? No me queda claro. Pero entonces comprenderlo del todo siempre ha supuesto un desafío para mí, por lo que quizá no debería sorprenderme.

Christian empuja fuerte una vez dentro de mí haciéndome gritar más por la sorpresa que por otra cosa; aún con sus ojos firmemente clavados en los míos, comienza finalmente a moverse. A moverse realmente. Siento que cada vez veo la cima más cerca y casi puedo saborear la inminente caída mientras mi cuerpo escala y se construye a su alrededor. Sus acometidas se intensifican, aumenta la velocidad de sus embistes y toda yo me siento desvanecer en un mar de sensaciones: sus manos en mis pechos, su miembro dentro de mí, su boca cuando desciende para besarme y esos ojos fijos que nunca dejan mi rostro… Intento mantener los ojos abiertos como me ha pedido, pero es demasiado el esfuerzo.

–Vamos, Ana. Dámelo. –Acelera. Escucho cómo aprieta los dientes mientras se resiste a su liberación hasta que yo no alcance la mía. Coloca su mano sobre mi pecho, justo a nivel del corazón, y se me hace tan notorio el golpeteo de su pulso en la palma de la mano que eso es todo lo que se necesita para hacerme caer por el vacío y arrastrarlo a él conmigo.

–¡Christian! –mi grito sale con fuerza mientras me aferro a sus brazos y mi cuerpo se sacude con las réplicas y luego cae laxo y relajado.

Abro los ojos, conocimiento recuperado tras ese orgasmo tan demoledor. Miro a la derecha y Christian está ahí, yaciendo a mi lado, acariciándome la mejilla mientras nuestras respiraciones se tranquilizan. Arrastra el cobertor sobre nosotros y me envuelve en un cálido y confortable abrazo en el que, sin darme cuenta, me quedo dormida.

***

Me despierto en medio de una nebulosa pos orgásmica sintiéndome confusa y curiosamente fría, pero es porque el lado de la cama de Christian está frío. Me desperezo lentamente aprovechando para analizar cómo me siento tras todo lo que ha pasado, incluyendo este último episodio. Aún me preocupa Teddy, ¿cómo no podría?, mas ahora siento la cabeza más despejada y libre de lo que la tenía en el hospital.

Decido levantarme y me dirijo al baño. Allí, delante del espejo, puedo apreciar el horrible moretón en mi mandíbula cuando el encapuchado me atacó antes de llevarse a mi hijo por la ventana. ¡Jesús! El corazón se me comprime cuando pienso en mi pequeño, asustado, solo, quién sabe dónde, e instantáneamente se me viene a la cabeza mi imagen mental de Christian con cuatro años: sucio, hambriento y desgraciado.

¡No, mi hijo no!

Las lágrimas me resbalan por las mejillas mientras pienso en mi pequeño hombrecito y en mi hombre de pequeño. ¿Está destinada a repetirse la historia, aunque en circunstancias algo diferentes? No, no quiero pensar eso. Hay que ser positivos, Teddy estará bien y pronto volverá con nosotros. Sí, con Christian y conmigo.

Abro el grifo y me lavo suavemente la cara. Mi Blackberry suena cuando me estoy secando, y no puedo evitar fruncir el entrecejo mientras regreso al cuarto a buscarlo. ¿Quién puede ser? ¿Del trabajo? Saben que estás de maternidad, Ana, replica mi subconsciente. ¿Los Grey, entonces? Puede ser. Abro la aplicación de mensajes y leo.

UN PEQUEÑO GOLPE BIEN ASESTADO PUEDE CAUSAR MÁS DAÑO QUE EL ATAQUE DE UN EJÉRCITO ENTERO. BUEN DÍA, SRA. GREY.

El color abandona mi cara mientras leo una segunda y hasta tercera vez el mensaje. Reviso rápidamente el número, pero está como privado. Sé que Christian y su equipo de acosadores podrían averiguar la localización de este número enseguida, y quizá eso nos lleve a Teddy.

Salgo precipitadamente del cuarto y me encamino a su estudio. Toco tímidamente y entro, él está con Taylor, Sawyer y un agente de policía que no había visto antes. Los cuatro se giran hacia mí tan velozmente que me hacen sentir diminuta y entrometida, así que respiro hondo antes de caminar hacia mi marido, que parece perplejo y algo irritado por mi presencia.

–¿Qué pasa, Anastasia? –Rodea su escritorio y viene a mí enseguida.

–He recibido un mensaje de texto –le informo.

Sus cejas se disparan y por el rabillo del ojo veo que también Taylor está sorprendido. Seguro ya piensan que la locura me está ganando. Le paso mi Blackberry para que lea el texto y soy testigo de cómo su semblante va cambiando de "blanco preocupación" a "lívido de enfado" en un abrir y cerrar de ojos. Luego le lanza a Taylor una larga mirada por encima de mi cabeza antes de volverse a mí.

–¿Cuándo llegó?

–Hará poco menos de un minuto.

Entonces se vuelve al oficial de policía.

–Agente Rancoff, ésta es mi esposa, Anastasia Grey.

El agente Rancoff me saluda con un asentimiento y yo hago lo propio antes de fijar mi atención en Christian.

–¿Crees que Barney pueda localizar el número?

–Hay que ver. Aunque lo encuentro difícil. Si este texto es del secuestrador no lo habrá mandado desde un número que podamos rastrear con facilidad. –Vuelve tras su escritorio, levanta el teléfono fijo y hace una llamada–. Barney. Grey. Te necesito en Escala lo más rápido posible, es un asunto muy urgente.

Luego cuelga.

–Pero igual tener esto puede ayudar, ¿cierto? Quiero decir que antes no teníamos por dónde iniciar, y ahora sabemos… algo –digo encogiéndome de hombros, buscando desesperadamente en los presentes algún indicio de que esto pueda acercarnos a Teddy más de lo que estamos ahora. Christian regresa frente a mí y me da un suave beso en la frente.

–Sí, amor. Esto es mejor que nada –intercambia otra mirada silenciosa con Taylor–. ¿Por qué no vas a darte un largo y relajante baño mientras yo me encargo de esto?

¿Mientras tú qué? Ni de chiste.

–No. Es mi hijo y tengo derecho a saber todo lo que está pasando, incluyendo lo que hablas con la policía –espeto.

–Anastasia…

–Y un cuerno, Christian. Sé que lo haces para evitar que me estrese y resulte un estorbo más que otra cosa, pero me voy a estresar realmente si tengo que pasar días y días sin noticias de ningún tipo sólo porque tú eres un controlador obsesivo –mi voz ha ido in crescendo mientras todo el estrés en mi cuerpo crece y crece pero sin alcanzar algún punto de liberación. Es evidente que la dicha poscoital me duró realmente poco.

Christian me mira por un momento en el que veo la lucha que se lleva a cabo en su interior a través de esos ojos grises.

–Yo no te considero un estorbo –dice con cautela.

–¿Entonces?

Joder, ¿necesito acaso su permiso para tener noticias de mi hijo?

Cierra los ojos con fuerza mientras pasa sus manos, ambas, por su cabello cobrizo. Puedo sentirlo en lo más profundo de mis huesos: una poderosa pelea se avecina y yo sólo puedo intentar hacer reaccionar a mi diosa interior –que aún delira por el orgasmo de hace rato– para que junto con mi subconsciente me ayude a hacer frente al huracán Christian.

–De acuerdo –suspira, y yo no me lo puedo creer. ¿Eso fue todo, tan fácil? Mi subconsciente ya hasta se había puesto el uniforme de samurái.

Lo miro mientras rodeo su escritorio para sentarme en su trono de amo y señor del universo. Él echa un vistazo a mí y por cómo brillan sus ojos, puedo ver que está enojado, muy enojado, pero con eso ya lidiaré después. Christian suspira y asiente al agente Rancoff, quien le devuelve el gesto.

–Bien, señor Grey, procedamos con la recopilación de hechos de la noche en cuestión –dice con un marcado acento ruso o quizá húngaro, no lo puedo detectar bien.

Capítulo 2: De vuelta a Escala

Parpadeo suavemente para acostumbrarme a la iluminación reinante. Estoy en una especie de gran habitación blanca, fría, en una cama dura y algo me está pinchando el brazo.

Oh no. De nuevo un hospital no.

Me remuevo un poco tratando de acomodar la postura mientras mi entumecida mente intenta recordar cómo diablos fue que llegué aquí. Estaba Christian a mi lado, luego el pasillo de nuestra casa, un sonido, un encapuchado, un lacerante dolor en la cabeza y en el tobillo, Christian corriendo por las escaleras…

Gimo. Teddy. ¿Dónde está Teddy?

–Shh, Ana, tranquila. No te muevas, estás bien, estás en el hospital.

Parpadeo un poco más y lentamente giro la cabeza a la derecha. Gail, con su cabello rubio recogido en un sobrio moño y su mirada compasiva, acerca la mano y coge la mía suavemente. El que ella esté aquí y no Christian me pone nerviosa.

–¿Dónde está Christian? –pregunto, mi voz pastosa.

–Hablando por teléfono en el pasillo. Está un poco… hum, alterado.

¿Alterado? Santo joder.

–¿Y Teddy? ¿Está con él?

Sus dulces ojos se agrandan y sus perfectas cejas se fruncen con… ¿qué?, ¿tristeza, compasión, lástima? No son buenos sentimientos para mostrar.

–Gail –le suplico, la voz comenzando a cortárseme y las lágrimas pican por salir–, ¿dónde está mi hijo?

Ella abre la boca, pero alguien entra por la puerta antes de que pueda responder y eso me distrae lo suficiente como para evitar el llanto. Christian está en la puerta con la expresión más descompuesta que le he visto jamás. Tiene el móvil en una mano y los nudillos de la otra vendados.

Al ver que estoy despierta le lanza una mirada a Gail y ella sale rápida y silenciosamente de la habitación, cerrando la puerta tras de sí y dejándonos solos. Mi marido está imponente, como siempre. Jeans oscuros, camiseta gris claro y zapatos negros; lleva el cabello revuelto como si hubiera participado en el ring de una pelea callejera de gallos, vestigio de la cantidad de veces que ha debido pasarse las manos por allí.

Por un instante nos miramos sin mediar palabra, él asegurándose que estoy bien y yo negándome a aceptar lo que veo en sus ojos. Tras lo que parece una eternidad, toma el puesto de Gail, a mi lado.

–¿Cómo te sientes? –Su voz está tan ronca como si se hubiera pasado los últimos diez años fumando… o gritando.

–Estoy bien.

–¿Segura? ¿No quieres que llame a una enfermera para que te pongan un calmante o algo?

Niego con la cabeza y le suelto lo que quiero saber.

–¿Dónde está nuestro hijo?

Su cara decae pero sólo un momento. En cuestión de nada tengo al frío y distante Gerente General que conocí al inicio de todo.

–¿Tienes hambre? Llevas un buen tiempo inconsciente y no has comido.

Se pone en pie y acerca la mesa con ruedas adaptada a la cama con un termo, un cuenco, cubiertos y algo de fruta fresca encima. Comienza a sacar y desenvolver todo mientras una arruga se le forma en la comisura de la boca.

–Christian, no quiero comer ahora –replico. ¿De veras vamos a comenzar con esto justo ahora? Mi subconsciente niega lentamente con la cabeza, incrédula–. Respóndeme.

–Tienes que comer, Ana –me reprende–. Recuerda que ya no sólo ves por ti, llevas a mi hija dentro.

–Ella está lo bastante grande como para prescindir de una comida. ¿Dónde está mi hijo? ¿Está bien? ¿Lo pudieron recuperar?

No se mueve, no me mira, y luego de un latido se aleja de la cama diciendo:

–Voy a buscar a una enfermera.

–¡CHRISTIAN GREY, DIME DE UNA MALDITA VEZ DÓNDE ESTÁ TEDDY! –exploto con todo el esplendor de mis nervios quebrándose.

Christian se para en seco con la mano extendida para coger el pomo. Tiene los hombros rígidos, y estoy más que segura que no es por mi reciente arrebato. Se da la vuelta con los ojos brillantes, húmedos, y el dolor haciendo surcos y arrugas en su martirizado pero bello rostro. Luce veinte años más viejo.

Entonces mi mente racional acaba de aceptarlo, pero yo no sé qué hacer ni con las noticias ni con Christian ni conmigo. Mi Teddy ha sido secuestrado, algún hijo de puta se lo llevó quién sabe adónde y para qué. Un mar de cabezas sin rostro se pasea por mi mente mientras intento entender quién puede ser tan retorcido como para secuestrar a un niño pequeño de esa forma.

Secuestrar a un niño. Punto. La forma realmente no importa.

Me llevo una mano a la garganta y siento cómo se cierran mis vías respiratorias. Los dedos se me enfrían y soy vagamente consciente de Christian llamándome desesperadamente por mi nombre y sacudiéndome al no obtener respuesta. ¿Cuál es su problema? ¿Por qué está aquí mangoneándome en lugar de hacer algo por nuestro hijo? Luego se aleja de mí y lo veo hacer ridículos gestos y movimientos para llamar la atención de alguien fuera de la sala. Mi visión se vuelve borrosa, por lo que no sé quién entra cuando él regresa y toma mi mano.

No comprendo qué pasa, cuál es el alboroto. Quien está en problemas no soy precisamente yo, yo puedo esperar. Te estás asfixiando, Ana, me murmura tristemente mi subconsciente; ella está tan abatida como yo. Y el hecho de que su mordaz ingenio haya quedado apagado por todo lo que está ocurriendo, me hace entender lo profundamente malo que es esto.

***

Estoy sentada en la parte trasera del Audi SUV con Chrsitian. Taylor y Gail ocupan los puestos delanteros y Sawyer nos sigue de cerca desde otro Audi SUV. Distraídamente me pregunto qué tiene Christian con los Audi mientras recuerdo los sexys R8 que ambos tenemos, el Especial Sumisa y las SUV. Cosas de seguridad, supongo.

Suspiro suavemente, viendo sin ver los paisajes vagamente familiares que pasan a moderada velocidad por la ventanilla del coche. Siento cuando Christian coge mi mano y planta un suave beso, pero no registro nada más. Es como si toda yo estuviera en estado de "embotamiento para autopreservación", lo que significa que lo que vivo lo hago a medias, estando presente físicamente pero desconectada de todo lo emocional. Y esto es porque recuerdo la advertencia que le hizo la doctora a Christian antes de que nos fuéramos, cuando creían que yo no escuchaba.

"–Me preocupa su esposa, Sr. Grey, pero también la niña –dijo la doctora con un brillo sincero en los ojos. Era rubia, como casi toda empleada que Christian se topa, pero ella por algún motivo me infundió más temor que otra cosa.

–¿Qué le pasa a mi hija? –le preguntó él con alarma en su tono.

–El estrés hace graves daños en el cuerpo humano, señor Grey, y si tomamos en cuenta que la bebé necesita del cuerpo de su esposa para vivir, la cosa va para peor. Yo le sugiero que mantenga a la señora Grey tan relajada y lejos de situaciones estresantes como sea posible, no sólo por la salud de la bebé, sino por la suya propia.

–¿Qué es lo peor que podría pasar? –La voz le tembló como si muy en el fondo realmente no deseara saberlo.

–Que una de las dos o ambas sufran un colapso y acaben… por morir. –Christian inhaló con fuerza antes esas últimas palabras. Yo la verdad sólo recuerdo haberme estremecido, nada más–. El riesgo de una muerte doble se divide si tenemos que hacer una cesárea de emergencia, pero su esposa…

–No siga –le rogó–. Lo entiendo."

Ella también me prescribió unos calmantes, anti psicóticos y otros medicamentos para tratar de mantenerme tan "estable" como fuera posible. Ahora, la verdad, no creo que sea necesario, mi propia mente se adormece para hacerle barrera al dolor.

El Audi se detiene ante un imponente edificio que me resulta familiar, demasiado familiar. Me vuelvo a Christian, pero él ya se ha bajado del coche. Lo veo dar la vuelta, hablar brevemente con Sawyer y luego venir a abrir mi puerta. Cuando nuestros ojos se encuentran es como si hubiéramos pasado días sin vernos.

–¿Qué hacemos en Escala? –le pregunto mientras tomo su mano y bajo.

Christian me conduce de la mano hacia los ascensores dentro del edificio. Marca y esperamos.

–El equipo de investigación y la policía tienen que hacer un barrido de toda la casa, y la idea es alterar lo menos posible la escena del crimen.

Doy un respingo cuando pronuncia las últimas tres palabras.

–Perdona, nena. No fue eso lo que quise decir.

Asiento, porque no quiero que me lo aclare. Ya lo sé.

Entramos en el ascensor y él marca el código de su piso. Las puertas se cierran y Christian me abraza.

–Además –agrega al cabo, acariciándome la cabeza y besándome la frente–, no quiero que te desquicies, Ana, porque tienes una buena habilidad para eso. Vamos a encontrar a nuestro hijo y vamos a hacer pagar al maldito que hizo esto, a ser posible yo con una pistola –murmura oscuramente. Santa mierda, Christian odia las armas y ¿estaría dispuesto a empuñar y disparar una?– Por ahora sólo… sólo no hay que entrar en pánico.

No entrar en pánico, ¿eh? Ya veremos cómo sale eso.

Las puertas se abren y salimos al recibidor con las pinturas de la Virgen María en las paredes. Christian me hace entrar y siento que soy vaciada desde dentro cuando la familiar visión de su apartamento inunda mis ojos. Sus obras de arte, el piano, los muebles, todo sigue como lo recuerdo, y eso es lo que peor me sienta.
Este era nuestro hogar antes de Teddy; ¿el que estemos regresando significa algo?

No pienses en eso, Ana. Christian tiene razón, no te desquicies. Mi subconsciente pone los ojos en blanco y me entran ganas de golpearla, pero los ánimos me fallan.

–¿Quieres algo de comer, Ana? ¿O prefieres una ducha o una siesta? Dime, ¿qué necesitas? –Sus intensos ojos grises me suplican que lo haga sentir útil, que le dé algo qué hacer para no caer en la locura; esto ya hasta me parece una cruel parodia de lo que ocurrió cuando Ray tuvo su accidente al volver de pescar.

Alzo la mano y acaricio su rostro, su mejilla, sus labios entreabiertos. Paso mis dedos por su ceño fruncido tratando de hacerlo desaparecer, de hacer volver al Christian mandón que siempre tiene todo bajo control y que en cierta forma me otorga una sensación de alivio, de protección. Pero él pareciera no estar aquí hoy. Recuerdo cómo eran las cosas apenas unas noches atrás, cómo planeábamos, nos reíamos, nos mirábamos, nos tocábamos…

Y ahí está. Esa corriente pulsando entre nosotros, acercándonos, haciendo que mi sangre cante en mis venas. Ésa es la reacción que Christian Grey siempre ha provocado en mí y que antes me atemorizaba. Ahora no lo hace, y estoy tan desesperada por un poco de normalidad que me rindo a ella. Christian también ha notado el cambio, sus ojos lo muestran claramente, pero la preocupación en su rostro me dice que no dará el primer paso. Habrá de ser cosa mía.

Lo tomo de la mano y encabezo la marcha hacia nuestra habitación. Él me sigue sin oponer resistencia.

–¿Necesitas dormir? –me pregunta.

–No.

–¿Entonces un baño?

Me detengo y lo encaro.

–Te necesito, Christian. Ahora. Y tú me necesitas a mí.

Su mirada gris quema sobre la mía.

–¿Estás segura? –pasa su pulgar por mi labio inferior con ternura.

Asiento. Entonces vuelve a cogerme de la mano y ahora es él quien va al principio. Una vez dentro de nuestro antiguo dormitorio, cierra la puerta y deja su Blackberry sobre la mesita antes de volverse a mí con su mirada de voy-a-hacerte-el-amor-ahora.

Suspiro y casi esbozo una sonrisa.

sábado, 25 de enero de 2014

Capítulo 1: ¡No. Teddy, no!

Me remuevo inquieta en la cama, tratando de dormir.

Bien, me rindo. Abro los ojos y miro el techo sintiéndome irritada y molesta. ¿Hace cuánto de mi último sueño reparador, de esos como Dios manda? Miro a mi izquierda, a Christian, que ladeado hacia mí y con su mano descansando bajo mi barriga de embarazada dormita tranquilamente, completamente ajeno a mis problemas nocturnos. Cómo le envidio. Miro la hora en el reloj de la mesita de noche: las dos cincuenta de la mañana.

Maldita sea.

Es increíble que ni todo el esfuerzo físico que supone jugar, correr y mantenerle el ritmo a Teddy pueda agotarme lo suficiente como para permitirme una reparadora noche de sueño. Y Christian, que siempre ha sido una fuente inagotable de energía, es el primero en quedarse dormido… luego de hacerme el amor, claro.

Sonrío tontamente al recordar todo lo que hicimos en el nuevo cuarto de juegos cuando finalmente Teddy se durmió. Es increíble lo mucho que me estar ahí incluso cuando mi enorme barriga no me permite moverme mucho. Pongo los ojos en blanco al recordar lo que Christian me respondió cuando le dije que a su hija quizá ya le gustaba el sexo: "No habrá nada de eso hasta que cumplas treinta, señorita". Será hipócrita.

Me entran ganas de ir al baño. Ya estoy a poco de dar a luz, y Christian está hecho un mar de ansiedades. Sonrío. Me sacudo su mano de encima y él se remueve y murmura, pero no despierta. Bajo de la cama y me encamino al baño del pasillo para no molestarlo con la luz.

Escucho un ruido de pasos y me paro en seco.

¿Será Taylor? No, eso es ridículo. ¿Qué haría él dentro de la casa a estas horas? Y Gail debe estar con él, así que tampoco. Frunzo el ceño. Doy media vuelta, presintiendo algo. Oh, Dios, por favor, que sólo sea mi imaginación, sólo eso, repito mientras corro lo más rápido que puedo hacia la habitación de Teddy.

Santa mierda, la puerta está entreabierta, y cuando Christian y yo lo dejamos juraría que quedó cerrada. Paso del nudo en mi garganta y de mi sentido de la preservación gritando ¡Lárgate de allí, tonta! Y entro. Siento que las fuerzas me fallan cuando veo una figura encapuchada inclinada sobre la cuna, cogiendo a mi Teddy dulcemente dormido.

Joder, ¿qué hago? ¿Llamo a Taylor, a Christian? ¿Golpeo al intruso? Sí, eso parece lo mejor por lo pronto, pero ¿con qué? No creo que los peluches de mi hijo realmente puedan hacer más que enfurecer al intruso. ¿Y si está armado?

¡Joder, Ana, haz algo ya!, me chilla mi subconsciente. Mi Diosa interior está metida bajo su chaise longue temblando y llamando a su mamá. Pero ella tiene razón.

Miro por los alrededores y encuentro una lámpara de pie cerca de la puerta, la cojo y con todas mis fuerzas de mamá enojada la aviento en un golpe directo a la cara. Teddy cae sobre la cama, despertándose con un grito y llanto, y el intruso se desploma con un ruido sordo al piso. Yo, parada en medio de ello, miro como si no fuera parte de la escena.

¡Llama a Christian!

–¡Christian! –chillo mientras cojo a Teddy en mis brazos y me precipito a la puerta.

–¡Papi! –grita mi bebé cubierto de lágrimas y temblando, con su preciosa carita lívida. No alcanzo a dar un paso con él cuando tropiezo y me caigo.

No, no me caigo, el encapuchado me ha cogido por el tobillo. Afortunadamente no quedo ni sobre Tedd ni sobre mi barriga, pero el dolor pulsa a través de mi cuerpo en oleadas tan nítidas que sé con seguridad que tuve que haberme roto el tobillo. Siento una poderosa bofetada en la cara que me deja con la cabeza dando vueltas, confusa; mis oídos zumban y realmente me cuesta concentrarme.

¿Dónde está Tedd? ¿Dónde está Christian?

Recupero la consciencia a tiempo de ser parte de una escena y de contemplar otra.

Christian llega corriendo a mi lado vistiendo sólo sus pantalones de pijama, el cabello revuelto y la alarma inundando su precioso rostro. Se agacha a mi lado, intentando levantarme, pidiéndome que lo mire para asegurarse que estoy bien, pero mis ojos están firmemente clavados en el encapuchado descendiendo por la ventana con mi hijo en brazos.

Boqueo y me retuerzo. A él le toma sólo una fracción de segundo contemplar el caos reinante y entender lo que pasa. Se lanza a la ventana, pero ya es tarde.

–Ana… –jadea, sin saber exactamente qué hacer.

–¡Ve por Theodore! –le grito cuando finalmente encuentro mi voz.

Él asiente, pálido, y sale disparado escaleras abajo, llamando a Taylor por el móvil mientras lo hace.

–Hay un intruso. Bloquea las puertas, intercéptalo. No, no lo sé –percibo su exasperación–. Tiene a Tedd…

Y luego ya no escucho más de él.

El pánico, la adrenalina y un montón de cosas más fluyen a través de mi torrente sanguíneo mientras el dolor de cabeza por el golpe recibido, el del tobillo y el del alma por mi pequeño siendo secuestrado hacen aparecer puntitos ante mis ojos. Siento que quiero vomitar, pero me da miedo no poder levantarme y acabar ahogándome con mi propio vómito. Al final sólo sé que comienzo a perder la consciencia y lentamente me hundo en el terrible, vasto y profundo negro pensando sólo una cosa.

Por favor, Christian. Recupera a nuestro bebé.

La última sombra de Grey: argumento.

Hola a todos! Perdonen el retraso, se me ha hecho interminable la semana, pero ¡aquí les traigo el primer capítulo de mi fanfic basado en la trilogía de E. L. James "Cincuenta sombras de Grey"! Es una historia más que de romance o erotismo, de intriga, drama. Por supuesto, no he dejado completamente de lado aquello que nos llamó la atención de esta saga desde el principio, pero no es el peso fuerte. Aun así, espero que lo disfruten un montón y no olviden dejar sus comentarios e impresiones :D

A continuación les dejo el argumento de la historia.

Tras deshacerse finalmente de sus cincuenta sombras de mierda, Christian Grey aún tiene que hacer frente a la última, la más insistente y radicalista de todas, para finalmente disfrutar de la vida que siempre le dijeron que merecía tener. Vuelven viejo temores, y un antiguo enemigo lanza una nueva amenaza: el uno o la otra.