domingo, 9 de febrero de 2014

Capítulo 6: La tenaz ex señorita Kavanagh.

Ella es perfecta.

Es pequeña, adorable y justo ahora mira con unos grandes y perplejos ojos azules a su encantado papá, que la sostiene como si jamás en su vida hubiera tenido nada más valioso entre los brazos. Christian le sonríe y se seca rápidamente una lágrima para que no le caiga a nuestra hija en la carita sonrosada; levanta la mirada y la clava en mi dolorido y dividido rostro por una de mis radiantes sonrisas estúpidas.

–Gracias, Ana. –Se levanta, se inclina cuidadosamente sobre mí y me besa.

Soy feliz por él, porque justo ahora es feliz. Simple y llanamente. Su rostro parece el de un ángel recién bajado del cielo, brillante y repleto de amor. Pese a lo que creí mientras me practicaban la cesárea, quizá Dios, en su infinita sabiduría, nos envió a Phoebe antes por una razón, y viendo a mi hermoso marido ahora, no lo pongo en duda.

La puerta de la habitación del hospital donde esperamos a la doctora Greene para que me dé de alta, se abre y por ella entra una radiante Mia, seguida de una conmovida Grace y un más que feliz Carrick.

–¡Oh, santo cielo, es preciosa! –Mia se agacha junto a Christian con los ojos abiertos tanto o más que Phoebe. Grace toma posición ante mi marido y Carrick se limita a mirar por encima del hombro de su mujer.

–¿Cómo te sientes, Ana? –me pregunta con una cálida sonrisa.

–Estoy bien –le sonrío de vuelta. Carrick asiente, volviéndose para mirar más de cerca a Phoebe ahora que Grace le ha cedido algo de espacio.

Mi corazón se hincha de gozo al verlos a todos juntos y congregados en torno a mi pequeña princesa de ojos azules, como la llamó Christian cuando la vio por primera vez. Siento el amor brotando en oleadas de cada uno de nosotros en un breve espacio separado de la realidad y del tiempo que les permite ser, al menos un instante, completa y absolutamente felices. 

Menos a mí. 

No puedo dejar de pensar en Teddy y en lo mucho que soñé durante los últimos nueve meses verlo junto a su padre, sintiendo la misma fascinación por su hermanita que la que ella muestra ahora por los presentes. Ella es una cosita adorable y tiene un hermano, pero no lo sabe. Frunzo el ceño, pero rápidamente acomodo el semblante cuando percibo la mirada de Christian sobre mí; no quiero desmoronarle la fiesta. Me vuelvo y le sonrío justo cuando la puerta vuelve a abrirse y entra una enfermera.

–Señora Grey, la doctora Greene estará aquí en cinco minutos –dice mientras rellena mi vaso de agua y me lo pasa. Bebo agradecida, del agua y de que, para variar, ella no sea rubia. Apila envases vacíos y se vuelve a mí–. Felicidades por su bebé.

–Gracias –le sonrío.

–Dejaron esto en recepción para usted. Si me disculpa… –Me entrega un sobre manila amarillo sellado y se retira. Curiosa, sintiendo un cosquilleo extraño en la punta de los dedos mientras rompo el sello y extraigo la nota mecanografiada, leo.

UN RETOÑO NUEVO. UN NUEVO AMOR. UNA ALEGRÍA MÁS QUE AÑADIR A SU VIDA. UNA SONRISITA NUEVA... Y UN BLANCO NUEVO. FELICIDADES, SRA. GREY.

–¿Qué es eso, Ana? –Christian me llama con ansiedad en la voz, pero no soy capaz de responder. Ni siquiera estoy segura de haberlo escuchado realmente, pudo haber sido mi imaginación pasándose de lista. De hecho, ¿quién asegura que no me tomé las pastillas para dormir al salir del baño y esto es sólo un sueño de efecto secundario?

Carrick viene rápidamente hasta mí y coge la nota que, recién me doy cuenta, se me ha caído de la mano. La lee rápidamente y su semblante palidece tanto como supongo está el mío. Ahora todos los Grey están alerta, y Christian parece el más afectado; nuevamente envejeció veinte años en menos de un minuto.

***

Christian está hablando con el supervisor del hospital, con Taylor y el agente Rancoff acompañándolo, mientras tratan de averiguar quién dejó el sobre y a quién. Grace está sentada con Mia, ambas con las manos entrelazadas y la mirada fija en mí, lo sé, y Carrick pasea de un lado al otro de la habitación como un tigre enjaulado. Me gustaría que dejara de hacer eso.

Miro abajo a mis brazos al bultito envuelto en rosa pálido que dormita tranquilamente con la carita recostada en mi pecho, ajena a todo lo que está pasando a su alrededor. Me gustaría poder introducirme en su tranquilo mundo de sueños o nebulosa post nacimiento, no lo sé, cualquier cosa para no pensar, para no ser testigo de las amenazas que nos acechan, para no dejarme envolver en la desesperación de saber que quieren arrebatarme a mi hija recién nacida sólo por… ¿venganza? No alcanzo a entenderlo.

Grace me dice algo, o se lo dice a Mia… Lo único que sé es que de pronto estoy inmersa en el gris más desolador, peligroso y dolorido que he alcanzado a contemplar jamás en los ojos de mi esposo. Christian me palmea suavemente la mejilla para que salga de mi estupor y le escuche; a regañadientes salgo a la superficie, y entonces el ruido explota a mi alrededor, aturdiéndome. Gritos por teléfono, discusiones, máquinas haciendo extraños sonidos de hospital, alguien sollozando, muchas respiraciones, pasos… Lentamente caigo en la cuenta que soy yo la que llora cuando Christian limpia gentilmente las lágrimas de mi rostro, sólo para que otras se apresuren a ocupar su lugar. Él luce devastado, cansado, molido, pero asombrosamente firme. No es inquebrantable, pero sí es fuerte. Mi Cincuenta.

–Mi amor, papá y Sawyer van a llevarte de regreso a Escala con Phoebe. Por favor, no te pongas en contacto con nadie hasta que yo llegue –musita suave, pausadamente, como si hablara con un niño desequilibrado emocionalmente.

Sí, Christian, es todo lo que tengo noción de haberle respondido, o quizá eso imagino que dije. Cuando vuelvo a emerger de mi letargo lo suficiente como para ser plenamente consciente de algo, Carrick va a mi lado en la SUV que Sawyer conduce, Phoebe está dulcemente dormitando en su silla de bebé y a mí me rodea una gruesa manta por debajo del cinturón de seguridad. Cómo llegué y qué pasó antes de eso son detalles que realmente no me interesan. Lo único que pienso ahora es que me habría gustado pedirle a Christian que viniera conmigo, que no nos dejara solas, aunque Carrick no tenga intención de hacer lo último.

Pero no me importa, quiero a mi marido sano y salvo conmigo, así se esté desquiciando.

***

Phoebe continúa pacíficamente dormida cuando ingresamos en el departamento. Gail, ataviada con un lindo y cómodo vestido turquesa, sale enseguida de la cocina con el cabello rubio cayéndole suelto sobre los hombros y una mirada preocupada ensombreciéndole el semblante. Se acerca suavemente a nosotros y saluda a Carrick.

–Bienvenida, señora Grey. –Deposita los ojos en Phoebe, la expresión dulcificándosele–. Felicidades por su hija.

–Gracias –murmuro con la voz tan ronca como si llevara semanas sin utilizarla.

–¿Quiere un té?

–Por favor.

Ella asiente y se retira.

Carrick me rodea los hombros con uno de sus brazos y nos conduce al amplio sofá, dejándome tomar asiento junto a uno de los reposabrazos mientras él lo hace a mi lado. Desde que salimos del Audi ya en Escala, no ha pronunciado palabra, y no sé con exactitud si eso me deprime más o si se lo agradezco.

–¿No quieres ir a descansar, Ana? Has de estar agotada… por todo. Yo puedo hacerme cargo de Phoebe.

Miro hacia él, ese rostro comúnmente tranquilo ahora luce tan demacrado y pesimista como quien ha sido testigo de un terrible accidente de tren. Quizá debería hacer algo para intentar animarlo y alejar las preocupaciones de su mente, pero ¿cómo podría ser capaz de eso si yo misma no estoy completamente convencida aún de que esto es real?

Porque no puede serlo.

Porque no quiero que lo sea.

El móvil de Carrick suena haciéndome dar un respingo, él mira la pantalla antes de atender.

–Hijo.

Me estremezco. ¿Será Christian?

–Dile a Kate que no se preocupe, Ana y la bebé están en Escala conmigo. Christian pidió que la trajera. –El corazón se me desinfla. No es Christian–. No, otra nota… Sí, la recibió Ana directamente. –Carrick me echa un nervioso vistazo antes de apretarme el hombro tranquilizadoramente y dirigirse a la pared de cristal para proseguir su conversación. No entiendo qué tiene de malo que escuche, todo lo que hay que saber sobre esto ya lo sé.

¿Estás segura de eso?, mi subconsciente me mira por encima de las gafas de media luna con una ceja alzada y la boca torcida en una mueca. No, por supuesto que no lo estoy. Y ahora, para empeorar, no puedes tener sexo en cuarenta días, mi diosa interior hace un puchero de niña escarmentada y se cruza de brazos, furiosa. Suspiro quedamente. Ésa es otra, Christian va a estar como un ogro, no es bueno manejando el estrés sin su actividad de desahogue favorita.

–Aquí tiene, señora Grey. –Gail deja la taza con su respectivo platillo sobre la mesa de café ante el sofá y luego se sienta a mi lado–. Es una niña preciosa –dice suavemente.

–Gracias. Lo mismo pensé yo cuando la vi –por un momento en que me permití ser absolutamente feliz a pesar de todo.

–¿Puedo, si me permite, preguntarle dónde va a dormir la pequeña, en vista de que va a quedarse aquí un tiempo?

La miro, sorprendida y sintiéndome extremadamente idiota. ¡Es cierto, ¿dónde va a dormir?! Ni Christian ni yo previmos nada con respecto a su llegada, quizá porque pensamos que para entonces ya habríamos vuelto a nuestra enorme casa, o sencillamente se nos olvidó. Nadie podría culparnos de ser lo último el caso, pero…

Niego suavemente con la cabeza, diciéndole que no tengo ni idea. Supongo que con Christian-todo-lo-arregla-el-dinero Grey será cuestión de hacer unas cuantas llamadas telefónicas para que nos traigan un cuarto personalizado en un maletín. Y conociéndolo como lo hago seguro será todo extremadamente costoso.

–Bueno, yo… –llama mi atención de nuevo a tiempo de atisbar un rubor trepándole por las mejillas. ¡Gail sonrojada! Esto sí que es un cambio de roles de trascendencia histórica, siempre soy yo la que se sonroja ante ella pese a que ya llevamos unos años conviviendo, mientras que ella es la siempre eficiente y sonrisa-serena-ama-de-casa-esposa-de-Taylor. Se remueve un poco– Me tomé la libertad de preparar algo temporal para la niña pensando que quizá usted y el Sr. Grey estuviesen algo distraídos con la situación actual como para preverlo.

Ladeo la cabeza como suele hacer Christian. Oh, mi Cincuenta. Te quiero aquí, ya.

–¿De veras?

Asiente.

Miro a Phoebe sintiéndome repentinamente avergonzada. ¿Qué clase de padres olvidan preparar una habitación para su hija? Vuelvo la vista a Gail y le sonrío.

–Gracias.

Ella me devuelve el gesto.

–¿Le gustaría verla?

–Sí, me encantaría.

Nos ponemos de pie justo cuando Carrick regresa.

–Kate, Ava y Elliot vienen en camino –anuncia suavemente.

¡Kate! Oh, Kate. La tenaz señorita Kavanagh… mmm, Grey. Ella de seguro va a querer saber absolutamente todo lo que ha pasado con pelos y señales, desde el tipo de papel de la nota hasta cómo me sentí cuando Gail trajo el té, que, desde la mesa, parece reprocharme el abandono dejando de humear. Puede que Kate ya sepa lo que ha pasado gracias a su pericia y odiosa insistencia de reportera, pero eso no necesariamente me salva del interrogatorio, porque con ella al mando nunca se siente como un cuestionario.

–De acuerdo –musito.

–Iré a avisar a Sawyer para que no se altere cuando los vea –me dedica una media sonrisa y se retira con un paso ligeramente robótico.

Miro a Gail preguntándome si esconderme en la habitación del pánico hasta que Kate se vaya sería de muy mala educación. Quizá cualquiera que se le hubiera enfrentado me diría que no, que más bien sería mi movimiento más inteligente, pero al final es mi amiga y está preocupada por mí. Recuerdo que siempre ha estado cuando la he necesitado, estuviera o no consciente de que lo hacía, aunque en ocasiones no acierte con la manera.

Sigo a Gail por las escaleras al segundo rellano del departamento. Entramos en la primera puerta, pero no llego a dar un paso más allá del umbral. Estoy impactada. Las paredes de la habitación son de un suave y relajante color crema con flores blancas repartidas en las esquinas; la unión entre techo y paredes está cubierta por unas suaves molduras blancas que se interrumpen sólo al llegar a la inmensa ventana que da paso a la luz solar; deben ser cerca de ocho de la mañana. Unas finas cortinas etéreas y semitransparentes ocultan la imponente vista de Seattle. Hay una cuna blanca, un cambiador violeta suave, una mecedora de mimbre, unos pufs en el suelo, una cómoda, un armario y un equipo de sonido con algunos estuches de CDs encima.

Entro lentamente, sintiendo que a cada paso una aletargada calma me embarga mientras mis ojos consumen todos los colores y mi nariz absorbe y retiene el delicado olor a vainilla que flota en la habitación.¡Vainilla! No estoy muy segura de querer ese olor y lo que para mí significa relacionado con mi pequeña hija. La pequeña recién nacida a la que después de unas horas en este mundo amenazan con secuestrar también. ¡No! Me acerco a la cuna para alejar esos pensamientos de mi cabeza y distraerme con algo más. Conozco a Christian y lo maniático que puede ser respecto a mi seguridad, y si esto realmente fuera tan grave como no me canso de imaginar, estoy segura que ya estaríamos bien instalados en Australia, a saber.

–¿Qué le parece? –La voz de Gail llega desde un costado del cuarto. La miro y le sonrío con todas mis ganas, realmente esto es una agradable sorpresa después de todo lo que ha pasado.

–Me gusta mucho. Es precioso, Gail, gracias.

Ella asiente luciendo complacida. Bueno, yo también lo estoy.

Me acerco al estéreo y estudio los CDs. Mozart, Beethoven, Tallis… Oh, otra cosa que no quiero aprender a relacionar con Phoebe. De pronto me invade un poderoso sentimiento de gratitud que pudo haber sido provocado por los acontecimientos de los últimos días. ¿Cómo puede pasar tanto en tan poco tiempo? Las lágrimas me inundan el rostro y debo sentarme en la mecedora cuando siento que las fuerzas me fallan.

–¿Está bien, sra. Grey? ¿Tiene algo de malo el cuarto? Si es así podemos cambiarlo, haremos lo que usted quiera… –es evidente que ella no sabe qué hacer con mi reacción.

–No, es perfecto. Te lo agradezco mucho. Desde que Teddy… –me ahogo y soy incapaz de continuar. Abrazo a Phoebe más fuerte contra mi pecho.

–Entiendo –murmura, dándome una triste sonrisa–. Iré a buscar su té.

Y como no me opongo, se va.

Ahora estoy sola con mi bebé, pero como ella está dormida es como hallarme a solas con mis pensamientos. Mis turbulentos pensamientos. ¿Por qué Christian no ha vuelto? ¿Por qué no me ha llamado? ¿Qué ha estado haciendo todo este tiempo? Realmente dudo que continúe descargando su atronadora ira silenciosa sobre el personal del hospital; me atrevería incluso a pensar que está reunido con Barney o con Welch discutiendo algo que ciertamente me incumbe pero de lo que no voy a ser informada para evitar que la presión me "desquicie". ¿Cuándo me he desquiciado, para comenzar? Quizá en mi mente estoy harta de hacerlo, pero jamás lo exteriorizo. Aunque no es que Christian necesite motivos para no decirme las cosas, ha sido así prácticamente desde que nos conocimos. Le gusta estar en control y por algún motivo eso incluye tener el manejo de la información. Es él quien me empuja a arriesgarme desafiándolo para después hacerme sentir mal por ello. Lo peor de todo es que sé que preguntarle es inútil, sólo voy a conseguir enojarme, enojarlo, pelearnos, quizá atraer sus pesadillas de vuelta y justo ahora no puedo calmarlo como a él le gusta.

La cantidad de preguntas sin respuestas, de sucesos sin explicación, de acciones sin motivo genera tantísimas ideas en mi cabeza que de una u otra forma tengo que conseguir aplacar antes de desquiciarme de veras. ¿Quién está detrás de esto? ¿Por qué nos persiguen? ¿Es a nosotros, sólo a mí, más a mí, por mí? ¿Tiene secuaces? ¿Es un hombre o una mujer? ¿Qué están haciendo con Teddy? ¿Por qué me envían mensajes? ¿Han pedido ya un rescate? Me digo que tendré que preguntárselo a Christian cuando lo vea.

Tantos rostros, tantos nombres que desconozco, tantas posibilidades… Ése es uno de los más grandes problemas de estar casada con Christian Grey: tuvo tantas sumisas, es tan jodidamente poderoso y déspota que prácticamente cualquier ciudadano de los Estados Unidos y vayamos a ver si no de algún lugar del extranjero, puede ser un potencial sospechoso. Ahora, ¿existen las pistas suficientes para ir descartando? ¿Qué hace Christian para asegurarse que ningún empleado o ex compañera sexual está involucrada? ¿Cómo puedo saberlo yo?

Unos leves golpes en la puerta me obligan a volver al ahora.

–¿Ana?

Kate se asoma cautelosamente por la puerta antes de abrirla del todo y dar algunos pasos dentro. Lleva unos vaqueros negros ajustados, una camiseta holgada, una chaqueta de cuero y mi taza de té en las manos. Elliot, rubio y con una bella niña en brazos, está detrás de ella. Ambos me estudian detenidamente de pies a cabeza antes de concentrarse en recorrer todo mi rostro, y me ruborizo pensando que quizá debí haberme cambiado al llegar a casa para deshacerme del amplio vestido blanco que ahora me va demasiado grande.

–Hola, Kate y Elliot –sonrío con la esperanza de que dejen de tratarme como una fiera dolorida.

Entran definitivamente, Kate deja la taza sobre la cómoda y Sawyer les trae un par de sillas antes de asentir en mi dirección y retirarse cerrando la puerta.

Me fijo en Ava, despierta aunque somnolienta sentada en el regazo de su papá. Ella es preciosa, un angelito rubio de ojos verdes muy parecida a Elliot cuando ríe pero escalofriantemente idéntica a su madre cuando frunce el ceño, aunque gracias a Dios ella no tiene la misma pinta de preguntona.

Kate toma su silla y la coloca junto a la mecedora, a mi lado, para mirar a Phoebe más de cerca; mi bebé ahora tiene sus grandes ojos azules abiertos y fijos con desconcierto en su tía.

–Oh, Dios, Ana, es lindísima. Tiene tus ojos, pero creo que se parece más a Christian –sonríe y le acaricia una mejilla–. Felicidades.

–Felicidades, cuñadita –canturrea Elliot guiñándome un ojo.

–Gracias –me ruborizo–. También felicidades a ambos.

Me miran desconcertados.

–¿Por qué? –pregunta Kate.

–Por ser tíos, de nuevo.

Nos sonreímos entre los tres.

Mi amiga me mira.

–¿Cómo estás?

Me encojo de hombros.

–La verdad no lo tengo muy claro. Supongo que por ahora es un estado… de embotamiento, quizá porque aún no se me ha pasado el efecto de la anestesia del todo –intento bromear, pero la expresión me traiciona–. Lo que más quisiera justo ahora es tener aquí a Christian, siento que… que lo necesito para mantenerme a flote –la voz se me rompe–. ¿Es muy melodramático eso?

–Para nada, nena –Kate me aprieta cariñosamente la rodilla–. Más bien pensamos… –intercambia una mirada nerviosa con Elliot como si no supiera si continuar o no– que eres muy fuerte. Cualquiera se habría desmoronado ante esto, pero tú sigues en pie luchando por Teddy, por Christian, y ahora por Phoebe.

¿Desmoronarme? Eso sólo ocurriría en caso de…

–Quizá es que aún no he entendido bien lo que está pasando –repongo con cierta amargura.

–No –Kate niega–. Tú siempre has sido así.

Permanecemos en silencio por un rato hasta que le pregunto a Elliot por la remodelación que está haciendo en la casa de algún millonario del que nunca he oído antes. Su voz tiene un curioso efecto sedante que me relaja mientras le escucho relatar los detalles con creciente excitación; él es como Christian: apasionado por lo que hace. Luego le toca a Kate, y su voz hace lo contrario a la de Elliot, pero aún así me alegra poder escuchar que alguien se la está pasando bien para variar; es un escape bienvenido a mi pesadilla personal. Al parecer ella está acosando a alguien para conseguir información sobre unas joyas misteriosamente desaparecidas de una pequeña tienda de la zona. Me sorprende saberlo ya que yo no había escuchado nada, y entonces me doy cuenta que tengo que comenzar a leer el periódico.

Cuando Kate se lanza en un apasionado relato sobre la discusión que mantuvo con un empleado de una estación de servicio, Elliot se levanta y se disculpa para ir a buscar a Carrick con Ava en brazos, seguro para conseguir algo de información con respecto a lo que sucedió en el hospital. Lo veo salir con paso firme deseando poder convertirme en mosca y seguirlo, quizá así consiga enterarme de algo más de lo que sé, que en realidad es nada.

–¿Ana, me estás escuchando?

Mierda. Kate. La miro, ella parece más preocupada que enojada.

–Lo lamento.

–No te preocupes, sé que debes tener la cabeza en un montón de cosas a la vez.

Ni te lo imaginas, pienso en respuesta.

–¿No han sabido nada más del delincuente? –pregunta.

Niego con la cabeza.

–Nada aparte de la nota que recibí hoy –digo como quien no quiere la cosa, evaluando cuidadosamente su reacción. Kate no se inmuta, sólo frunce ligeramente el cejo.

Claro, ella ya lo sabe. ¿Qué más sabe?

–Es escurridizo –comenta.

–¿Sabes si es hombre o mujer? ¿O si hay una lista de sospechosos?

–En cuanto a lo primero, no. Se supone que Christian llevó un equipo de criminólogos, investigadores y forenses para barrer la casa por completo en busca de alguna huella, cabello o pista, pero hasta ahora no hay nada. Y en cuanto a lo otro… –le echa un vistazo a la puerta y luego a mí, indecisa. ¡Oh no, Grey-Kavanagh, no vas a callarte ahora que has destapado el pastel!– Elliot me dijo que Christian ha hecho interrogar a Jack Hyde unas cuantas veces, pero el maldito no ha soltado nada. También ha ido a ver a un tal Linc, que según me enteré tiene motivos de sobra para querer verlo destruido, pero sé poco más que eso.

Jadeo. Joder, esto es malo. Ha hecho que interrogaran a Jack y a Linc y no ha tenido la consideración de decirme nada. Tengo la tentación de preguntarle a Kate por Elena, pero si ella no sabe quién es puedo encontrarme en la comprometida situación de tener que contarle esa parte del pasado de Christian que he guardado procurando mantener en la oscuridad y el olvido. Además, despertar el interés de Kate es tan peligroso como caminar sobre la cuerda floja con los ojos vendados y un montón de espadas con el filo hacia arriba actuando de red de seguridad.

–Y lo más extraño –prosigue sin ser consciente de mis cavilaciones– es que nadie se ha puesto en contacto.

Me mira con el entrecejo fruncido como si realmente no lo entendiera.

–¿En contacto?

–Sí, ya sabes, para pedir un rescate. Saben que tienen al hijo de uno de los empresarios más ricos de todo Estados Unidos y no han lanzado una cifra o tan siquiera una fecha para dar a conocer sus demandas…

Se calla al captar mi mirada de ojos abiertos como platos, pero ya es demasiado tarde. Kate, una vez más, ha dado con el quid de mi problema de falta de información y probablemente con el motivo de que Christian esté especialmente hermético con este tema.

Si el secuestrador no ha exigido nada es porque no tiene intenciones de devolver a Teddy.

¿Quieres dejar de sacar conclusiones apresuradas? Han pasado tan sólo un par de días, puede que el secuestrador sólo espere a que Christian esté lo suficientemente desesperado como para acceder a lo que sea por recuperar a su hijo, espeta mi subconsciente y sé que tiene razón. Es un razonamiento lógico, pero justo ahora yo no tengo intenciones de ser lógica. Y lo que necesito ahora casi tanto como ver a Christian es moverme.

–¿Ana? –Kate se inclina sobre mí, sus ojos verdes brillantes y preocupados.

La miro, determinación tomando el control de mi cabeza.

–Necesito volver a la casa. Quiero que tú vengas conmigo.

Sorpresa e indecisión se aferran por turnos a su rostro hasta que la tenaz ex señorita Kavanagh hace su entrada.

–¿Ahora?

Asiento. Sé que estoy recién operada, pero la anestesia aún no pierde efecto. Además ya no puedo seguir esperando sentada a que mi marido se ocupe de todo. Aunque no lo quiera, le tengo que ayudar.

sábado, 1 de febrero de 2014

Capítulo 5: Una sorpresa de última hora.

Las puertas del ascensor se abren dejándome en el recibidor del piso de Christian. Taylor está en la puerta como siempre, y por la expresión que carga creo que soy capaz de predecir hasta cierto punto qué tan mal irá la cosa con mi sulfurado marido.

–Hola, Taylor –le sonrío al pasar.

–Sra. Grey –él asiente con educación, nervioso.

–¿Es muy grave? –pregunto tentativamente, mirando de reojo el ascensor y siendo cada vez más seducida por la idea de dar media vuelta y lidiar con esto más tarde.

–La infracción no –repone. Eso es todo lo que necesito saber.

Asiento, me giro y entro en el departamento. Todo está silencioso, no hay rastros de vida por los alrededores, pero sé que Christian anda por ahí esperando su oportunidad para hacer su entrada triunfal. Desabrocho el abrigo y lo cuelgo mientras intento ordenar mis pensamientos, mis dudas e inquietudes para ser tan efectiva en la discusión como lo será el señor Gerente General. Estoy enfadada con él por no haberme dicho lo de la recompensa –Jesús, soy la madre, tenía derecho a saber–, por haberme gritado por teléfono sólo porque quise ir a comprar ropa –es su culpa por no haber ido a buscar la mía a casa–, por hacerme sentir como una niña desobediente otra vez –¿en cuántos niveles está mal eso?– y por no haberme hablado de su sospecha o lo que sea de que van tras nosotros. ¿Sabe quién?, ¿por qué? A veces es tan frustrante lidiar con él…

Lo siento antes de verlo. Es algo tan fuerte, tan visceral, que me da la impresión de que Phoebe sabrá instintivamente quién es su padre sin la necesidad de verlo.

Respiro hondo, llamo a mi subconsciente y encadeno a mi diosa interior, así impido que intervenga donde no le corresponde meterse. Me vuelvo lentamente a Christian con mi mejor expresión neutral. Él, como siempre, luce delicioso con su traje de amo y señor del mundo sin el saco, la corbata abierta y unos botones de la camisa sueltos. Joder, él sabe jugar. El cabello cobrizo ahora un poco largo le cae desordenado sobre la frente, de modo que sé que se ha estado pasando las manos por ahí. De pronto a mí me entran ganas de hacer lo mismo.

Él no me habla, sólo me mira con su mirada analizadora y crítica. Bueno, señor Grey, yo tampoco voy a pronunciar palabra, así que si quiere pelear, que nos toca, va a tener que iniciar él.

–¿Por qué saliste? –es lo primero que dice, su pronunciación lenta, aparentemente calmada, deliberada. Es ese tono que hiela los huesos.

Me encojo de hombros para infundirme valor. Tú puedes, Ana, me anima mi subconsciente.

–Para tomar aire, estirar las piernas, comprar algo, ver personas… Escoge la que prefieras.

–¿No podías hacer eso desde aquí?

–Christian, de veras pienso que estás siendo irracional –le digo, mi tono perdiendo ya la paciencia.

–¿Lo crees?

–Por supuesto. Rastreas mi móvil, rara vez salgo si no es contigo, me tienes más que vigilada en el trabajo y no descarto la posibilidad de que hayas abusado de tus influencias para crear un nuevo departamento dentro de la CIA; no sé, algo como: Escuadrón para vigilar a Ana cuando el señor Grey no puede. Y eso es ridículo.

–¿Lo es? –Una media sonrisa coquetea con sus labios, en sus ojos brilla el humor.

Pero no, no le voy a permitir distraerme porque todos –él, mi subconsciente, mi diosa interior y yo– sabemos dónde va a acabar la discusión si lo dejo ablandarme, y todavía no estoy lista. Cruzo los brazos bajo mis pechos y aprieto los labios.

–Lo es.

Me repasa con una mirada fría, insondable, examinando mi estado de ánimo o buscando signos de daño, a saber. Exagerado Grey… Le queda.

–No te di permiso para salir –dice al cabo con voz neutral.

–¿Lo necesito?

Me frunce el ceño.

–Sí, Anastasia, lo necesitas. Sabes lo mal que me pongo cuando haces cosas sin consultarme.

–Tú lo haces todo el tiempo y no ves que salga a recibirte con una sartén en la mano. –Tengo que resistirme al brillo socarrón que le ilumina los ojos y lo hace lucir casi de su edad por un momento.

–Me preocupo por ti, Ana.

Oh, el Christian sincero. Eso no es justo, sacó su mejor arma contra mí.

–Lo sé, Christian, pero a veces te excedes. –Él hace su camino hasta mí con su expresión de "no sé hacerlo de otra forma" y yo siento que mi corazón cede un poco al deshielo. Se detiene casi rozando mi barriga con su abdomen. Siento una sacudida de la columna y electricidad corriendo por mis venas; cada folículo de mi cuerpo se levanta, la respiración se me corta, mientras Christian me reclama con todo el poder de su sensualidad. No debo ceder, hay mucho que discutir… Christian descansa suavemente la palma de su mano en mi mejilla y con el pulgar hala de mi barbilla para que deje de morderme el labio; su otra mano sube por mi cadera hasta mi pecho tomándose la libertad de moldearlo, jugar con el pezón hasta que siento cómo se yergue con el contacto experto… Mi diosa interior se debate contra las cadenas que la someten y yo estoy tentada de soltarla…

¡No!

Me aparto rápidamente, colocándome a su espalda a una buena distancia. Demonios, eso no es jugar limpio. Christian se vuelve lentamente, expresión de hielo pero ojos de fuego.

–Hay otra cosa que quiero discutir contigo –digo. Si vamos a pelear por esto, que sea antes del sexo, no después.

Su mirada se vuelve cautelosa, creo que incluso sospecha de qué va mi siguiente estocada.

–¿Por qué no me dijiste lo de la recompensa?

–¿Recompensa? –Intenta hacerse el inocente… y falla espectacularmente.

–Por favor, Christian. No estoy de humor para jugar a esto. Hablo de la recompensa de diez millones de dólares que ofreciste como rescate por Teddy.

–¿Quién te lo dijo? –Avanza un paso en mi dirección entrecerrando los ojos. Mierda. Si le digo que fue Kate no sólo va a limitar la poca cantidad de veces que nos vemos, o las va a controlar, sino que además va a montarle numerito a Elliot para que mantenga a mi amiga y su tenaz boca de reportera lejos de mis oídos; por ahora ella es la única fuente de información con la que cuento, ya que él no se muestra muy comunicativo, así que no puedo perderla.

Decido utilizar ese antiguo pero eficaz método de "salirse por la tangente".

–Lo pasaron por las noticias y sale en la prensa, todo el mundo está hablando de ello –vuelvo a cruzar los brazos para dar énfasis a mis palabras. Sí, eso lo hará–. Y no es que desde que me casé contigo yo sea tan invisible como solía, así que tarde o temprano me iba a enterar.

No responde, pero no me muevo. Pasa sus manos, ambas, por su cabello mientras sus ojos se cierran con fuerza, supongo que le estará pidiendo paciencia a algún ente superior.

–Anastasia…

–Creí que ya habíamos pasado esa etapa en la que tú me escondes cosas y no me dices todo para, según tu peculiar idea de seguridad, sacarme de peligro.

–Anastasia, cuando me casé contigo prometí hacer todo lo que estuviera en mi mano para mantenerte a salvo, y si a mi juicio eso implica mantenerte en la oscuridad, lo haré.

Vaya, así que estamos sacando la artillería pesada.

–Christian –¡Señor, dame paciencia!–, esto no se trata de otro maldito con un arma buscándome para vengarse, se trata de Teddy.

–¿Y cómo lo sabes? –Ruge, lo que me deja brevemente descolocada. ¿Cómo sé qué?– ¿Cómo sabes que no es otro loco buscándote para lo que sea? –insiste, con esa habilidad que tiene para responder a mis preguntas no formuladas.

Su pregunta final me impacta, pero no tanto como la angustia en su contorsionado rostro que resulta tan clara como las aguas de un riachuelo de montaña. Su actitud, su lenguaje corporal, la súplica en sus intensos ojos grises lo confirma: él sabe sin lugar a dudas que el blanco nuevamente soy yo. Pero quién podría ser o cuál es el motivo… Mi cuerpo percibe a Christian cuando se acerca nuevamente, pero estoy tan sumida en mis pensamientos que no hago movimiento alguno de reconocimiento. ¿Leila? ¿Elena? ¿Algún secuaz de Jack? ¿Linc?

–Anastasia, no lo pienses. Sólo no lo hagas –me coge de la barbilla y me suelto el labio. Sus ojos queman en preocupación, miedo, angustia, dolor. Christian parece un hombre al menos diez años mayor con el miedo de un niño solo… un niño abusado, asustado y solo que tuvo un inicio de mierda en esta vida y se reprocha el no haber sido capaz de proteger a la puta adicta al crack que tuvo por madre, y yo no estoy haciendo nada por hacerlo sentir mejor. Ahora lo veo. Tiene miedo por Teddy, por mí, por Phoebe… en fin, por su familia, y es hasta ahora que me doy cuenta. Él quiere probar que esta vez sí es capaz de proteger lo que ama. Mi Cincuenta.

Envuelvo mis brazos alrededor de su cuello y lo abrazo con toda la fuerza de mi propio sufrimiento por él, por nosotros, por mi hijo. Christian esconde la cara en mi cabello y aspira el aroma con fuerza.

–No soportaría perderte, Ana, ya lo sabes. Lo experimenté una vez y creí que tendría que hacerlo dos veces más cuando el desaseado… –traga con fuerza– Por favor, no me desafíes. Sé que tienes derecho a saber lo que haga o no respecto a Theodore, pero no quiero decirte algo que te impulse a actuar precipitadamente estúpido como tienes por costumbre –aprieta sus dientes. No puedo creer que siga reprochándome lo de Mia. ¡La iban a violar y matar, por todos los santos!– La prioridad ahora es recuperar a nuestro hijo sano y salvo, pero eso no significa que esté dispuesto a sacrificarte por él, ni a dejarlo a él por ti. No es una elección para mí, Ana. Son los dos o… o yo…

–Shh. Basta, no digas más. Lo entiendo. Gracias.

Lágrimas calientes, abrasadoras, corren por mis mejillas como si nunca antes hubiera llorado. Mi Christian, mi chico perdido. ¿Cómo he podido ser tan insensible con él?

Nos quedamos así un rato, sosteniéndonos mutuamente, siendo uno pilar de apoyo para el otro, hasta que Christian se separa para estudiarme atentamente con sus brillantes, doloridos y vulnerables ojos. Es un gris de tormenta eléctrica, de monzón. Para él la historia se repite en lo más esencial.

–Lo siento –murmuro. Él pestañea hacia mí y yo intento medir su reacción mientras me seca gentilmente las lágrimas con los dedos. Tomo sus manos, depositado un suave y húmedo beso en cada palma, y luego me acerco para besarle la comisura de su bella y contrita boca esculpida a mano por el mismísimo Dios. De pronto sus manos desaparecen en mi cabello, aferrándome la cabeza con firmeza, y su boca está sobre la mía, dura, exigente, tomando todo lo que necesita; su respiración agitada mezclándose con la mía sorprendida y su contacto desintegrando las cadenas que sujetan a mi diosa interior y llamando a gritos a mi libido, que muy obedientemente se pone en primera línea de batalla. Rayos, esto realmente lo tiene mal

Se separa y me mira unos breves segundos antes de cogerme la mano y llevarme sin miramientos pero sin que yo oponga la menor resistencia, a nuestra habitación.

Una vez allí cierra la puerta, se desviste rápidamente, me lanza una mirada gris de tormenta con rayos y bolas de fuego cayendo a tierra y arrasando con todo y me desviste de la misma eficiente y veloz forma. Cuando estamos completamente desnudos, uno frente al otro, extiende una mano hacia mí; hoy no está tomando prisioneros ni tampoco preguntándome qué quiero. Está claro: él pone sus cartas sobre la mesa y de mí dependen cogerlas o irme. Yo las tomo.

***

–Christian, ¿por qué no me muestras… las fotos?

La suave voz de Carrick me saca de mi ensoñación. Christian, a mi lado y con su brazo rodeándome la cintura, me besa suavemente la mejilla antes de ponerse en pie y guiar a su padre a su despacho, me atrevo a suponer. En el silencio de la habitación, Grace y yo, sentadas una en diagonal a la otra en la enorme sala de estar, escuchamos el sonido que hace la puerta al cerrarse suavemente. Nuestros maridos nos han dejado. Me atrevo a echarle una miradita antes de clavar la vista en mi copa con agua gasificada deseando estar bebiendo algo más fuerte. Grace, con su vestido color crudo y su cabello rubio recogido en un moño desenfadado pero elegantemente impecable, coloca una de sus manos sobre la mía para captar mi atención; está sonriéndome de esa compasiva forma suya.

–¿En qué piensas, querida?

En que de nuevo hay un loco psicópata tras mis pasos y esta vez no tengo ni la más remota idea de qué motivo puede tener en mi contra.

–En nada en particular –miento, y terriblemente, pero Grace no insiste.

–Estuve pensando que quizá sea bueno para nosotras salir un día a… no sé, quizá de compras. Pero no podemos llevar a Mia –me da una amplia sonrisa indulgente y yo se la devuelvo mecánicamente. A Christian no le haría ninguna gracia, supongo que luego deberé discutirlo con él si me animo–. Sobre todo ahora que destrozaron toda tu ropa supongo que te gustaría –continúa ella ahora sí captando toda mi atención. ¡Santa mierda, ¿guardarropa destrozado?! ¿Cuándo?–, y podemos reemplazar los perfumes que rompieron.

Ahogo un jadeo. ¿Qué?

Christian y Carrick regresan, al parecer dando por terminada una conversación que debió haberse quedado en el despacho. Christian mira hacia mí y frunce el entrecejo.

–¿Estás bien? –me pregunta, y yo sinceramente no sé cómo responderle.

Toda mi ropa hecha pedazos. Y mis perfumes y presumo que también otros objetos evidentemente míos, rotos. Ahora me cuestiono mi acusación contra Christian de ser un exagerado cuando decidió traernos de vuelta a Escala. Quizá para entonces él ya lo sabía… ¡Es decir que el secuestrador volvió a la casa luego de raptar a Teddy! ¿Para buscarme? ¿Para matarme? ¿Para secuestrarme? Santa jodida mierda. Y es evidente ahora que Christian lo supo todo el tiempo; quizá se enteró minutos después de que el desgraciado abandonara la escena. Ahora parece una cuestión apremiante el descubrir quién coño es y qué motivo tiene, si es que tiene uno y no es sencillamente un desequilibrado que dio por casualidad con nosotros.

No, ni yo soy tan ingenua como para creer eso.

Miro hacia Christian, que parece preocupado, y luego a Carrick y Grace, que me observan con tristeza. Lentamente vuelvo la mirada a mi marido.

–Hago lo que puedo –murmuro. Su expresión decae más y sé sin lugar a dudas que he cagado la ya de por sí deprimente atmósfera sobre nosotros. Bien hecho, señora Grey.

–Quizá deberías descansar –dice sentándose a mi lado, envolviéndome en un cálido abrazo de "te amo como no te lo imaginas".

–Ambos deberían hacerlo. –Carrick le lanza una significativa mirada a Christian.

Grace y su marido se ponen de acuerdo y deciden que ya nos han entretenido suficiente. Nos dedicamos los abrazos, las palabras y los gestos de despedida ya ejecutados mecánicamente, y en poco Christian y yo estamos solos de nuevo.

–¿Quieres ir a dormir? –Me pregunta con los labios tensos.

–Quiero comer –murmuro, y veo cómo se le ilumina el semblante. Vaya que es voluble.

***

De vuelta al baño. Otra noche sin poder dormir. Miro en el espejo sobre el lavabo esa criatura deprimida, ojerosa, demasiado mayor para la edad que tiene, devolviéndome la mirada con unos ojos azules brillantes con una miríada de emociones contradictorias constantemente colisionando las unas con las otras y haciendo de mi cabeza un caos y un verdadero infierno.

Pienso en mi marido, profundamente dormido en su lado de la cama, recordando la promesa que me hice de no angustiarlo más si está en mis manos, y pese a que entiendo su actitud, su paranoia y su manía por controlarme especialmente ahora, necesito información. Yo siento como él: para mí mi familia es lo más importante, más importante que yo, sobre todo si de Christian o mis hijos se trata. Sé que no puedo hacer mucho, que lo mejor sería por una vez obedecerle y permanecer tranquila, o quieta al menos. Pero no puedo. No está en mi naturaleza y sencillamente me parece completamente irracional. Esto está probando ser demasiado para mí.

Abro el grifo y me lavo la cara con agua bien fría para despejarme un poco la cabeza y la sensación de abstracción que comienza a embargarme. Me sostengo del lavabo diciéndome que es el estrés y la falta de sueño; quizá con unas pastillas pueda volver a dormir al menos un par de horas. Cojo una toalla… y algo se me desliza entre y por las piernas. Levanto la bata; un líquido transparente me corre abundantemente por las piernas, y yo sé lo que es. ¡Oh, Dios, ¿ahora?!

Me acerco a la puerta del baño procurando no resbalar.

–¡Christian! –llamo tratando de mantener la calma– ¡Christian!

Escucho el movimiento de la cama y los pasos apresurados por el cuarto antes de ver su rostro completamente despierto y alarmado.

–¿Qué pasa? –me recorre con la vista antes de entender cuál es el problema. Sus ojos se abren tanto que me hace sonreír, luce caricaturesco.

–Rompí fuente –le digo ahora con mi sonrisa boba.

–¿De qué te ríes? –frunce el ceño y se acerca.

–De ti.

–¿Te parezco gracioso? ¿Justo ahora? –me lanza esa mirada de "se volvió loca" que solía dedicarme Kate cuando me veía riendo o peleando con los personajes de mis libros.

–Sí.

Sacude la cabeza, incrédulo y divertido. Me coge por los codos para darme soporte y mientras intento limpiarme las piernas con la toalla que aún sostengo, me saca del baño y me pide que aguarde mientras sale a toda prisa. Cuando vuelve, Gail viene con él.

–¿Preparada, señora Grey? –Ella me sonríe fugazmente antes de internarse en las profundidades del armario y salir con un bolso preparado. Me la quedo mirando sorprendida, ella sólo se encoge de hombros y amplía la sonrisa– Yo sí lo estaba –dice simplemente.

***

Unos increíbles diez minutos más tarde Taylor maneja a una velocidad ligeramente superior a la del límite con Ryan y Sawyer siguiéndonos en la otra SUV. Christian está a mi lado pálido, nervioso y ansioso, con una mano sobre mi abultado vientre y la otra alrededor de mi espalda.

–¿Cómo vas? –me pregunta como por centésima vez.

–Bien, cariño, tranquilo. Las contracciones son la peor parte, y no vienen con tanta frecuencia –intento calmarlo, pero sé que nada que diga va a servir de mucho. Él es Christian sobre-reacción-Grey.

–Se suponía que nacería en dos días más –le escucho murmurar quedamente.

–¿Quieres que le diga que espere? –me burlo suavemente. Él me mira y sus ojos brillan con humor y amor. Mi Christian.

–Quizá salga a ti, por lo que no hará lo que se le dice –me da su sonrisa de medio lado de mil voltios. Qué alivio, está de humor. Me echo a reír antes de apretar los dientes y su mano ante la acometida de una intensa contracción. Maldición, eso es lo peor.

Capítulo 4: Es por Christian

Casi había olvidado cómo era despertar en Escala a las seis treinta de la mañana y contemplar la maravillosa vista que se tiene desde la puerta de cristal del balcón de la habitación principal, especialmente a quién sabe cuántos metros por encima del suelo, en una fortaleza de marfil y obras de arte de incalculable valor. Sin embargo, nada tiene que hacer el idílico paisaje y la calma que transmite junto al espectáculo que ofrece mi Gerente General favorito moviéndose de un lado a otro por la habitación mientras acaba de vestirse y arreglarse. He estado contemplándolo desde que me rendí al insomnio y acabé por levantarme temprano. Christian Grey es un verdadero espectáculo a cualquier hora del día, haga lo que sea que haga.

–¿Disfrutando el espectáculo, Sra. Grey? –Su boca se tuerce con humor mientras me lanza una mirada de reojo y acaba de ponerse el reloj Omega en la muñeca.

–Siempre, Sr. Grey –murmuro tratando de aligerar un poco mi tono y mi ánimo tenuemente ensombrecido por la falta de ese brillo característico en sus ojos. Así sea de ira, la que generalmente tiene que ver conmigo aunque no la provoque yo, de deseo, que sí provoco yo aunque no me dé cuenta, o de humor cuando se ríe de mí o conmigo, sus ojos están encendidos con una chispa que desde ayer por la mañana ya no está. Y eso naturalmente me deprime.

Pero hoy parece que lo está intentando, sacudirse el pesimismo de encima para hacer algo útil, de modo que yo tengo que hacer lo mismo. Por Teddy y por él, porque si por mí fuera estaría justo ahora en posición fetal llorando silenciosamente. Sí, así vas a ser más que útil, me espeta mi subconsciente mientras pone los ojos en blanco y le echa una mirada a mi diosa interior, que sinceramente parece desconcertada. Las ignoro a ambas y vuelvo mi atención a Christian, que se ha puesto el saco y está guardándose su basura habitual en los bolsillos.

–¿Qué pasa, Christian? –pregunto. Está actuando más raro de lo normal, y eso ya es decir. Es evidente que algo lo tiene inquieto. Mira hacia mí con cautela.

–¿Por qué lo dices?

–Porque te conozco. –O al menos hasta cierto punto.

Él suspira y esboza una pequeña sonrisa, su preciosa-derrite-corazones sonrisa tímida y se viene a sentar a mi lado cogiéndome las manos.

–Mis padres quieren venir a media tarde para… brindarnos su apoyo –aprieta los labios como si no lo considerara necesario. Se inclina y deposita un suave beso en mis labios–. Prometo volver a las cuatro para ayudarte.

–Christian, puedo encargarme de tus padres hasta que regreses –pongo los ojos en blanco, pero la verdad es que no quisiera verme en la incómoda situación de ser el único blanco de la tristeza y compasión de Grace y Carrick.

–No, quiero estar aquí. Además, mi padre puede ponerse pesado cuando algo le preocupa y no quiero que te acribille a preguntas –rebate, besándome una vez más antes de ponerse en pie y salir definitivamente del cuarto. Así que Carrick se pone pesado, ¿eh? Pues entonces creo que ya sé de dónde lo aprendió Cincuenta, o igual y ya estaba predestinado a ser así. ¿Habrá influido su niñez en su actual carácter?

Me levanto y lo sigo.

–No tengo nada para ponerme, toda mi ropa sigue en la casa –le digo, viéndolo con el entrecejo fruncido caminar hasta la puerta principal listo para irse–. ¿No vas a desayunar?

–No, nena, tengo una reunión muy temprano –se detiene y me mira, otra vez nervioso y cauteloso. ¿Qué le pasa ahora?– Llama a Caroline Acton para que te compre algo y Taylor lo traerá luego.

–¿Por qué no puedo sencillamente ir a buscar mi ropa?

–Anastasia, ya te lo dije, la policía tiene la casa cercada y no podemos acceder –se pasa una mano por el cabello y sé que no me está diciendo todo, como cosa extraña. ¿A quién quiere engañar? En los programas de detectives que solía ver, las familias permanecían en sus casas aun si uno de los miembros era secuestrado, así que no sé en primer lugar por qué vinimos a Escala y en segundo lugar por qué no podemos ir a la casa. ¿Qué me está ocultando?

–Christian… –comienzo, pero no sé cómo continuar. Es decir, ya se le nota bastante estresado y contrariado, además de que hemos pasado al menos doce horas sin pelear y realmente me gustaría mantener la racha por un poco más. Quizá debería morderme la lengua y dejarlo ser… al menos por ahora.

–¿Qué, Ana? –su voz suena exasperada y su mirada se desvía por momentos hacia la puerta como si estuviera ansioso por marcharse.

Meneo la cabeza, quizá yo también necesito distraerme con algo para no desesperarme, y puesto que no soy ama y señora de ningún mundo sólo se me ocurre una cosa, aunque al Señor Enfado-atómico no le va a gustar.

–Nada –me acerco y le estampo un beso en los labios. Al separarme atisbo un fugaz brillo de "sé que planeas algo que probablemente no me haga gracia" en sus ojos. Demonios, ¿tan evidente soy? Como si llevaras un rótulo brillante en la frente, se mofa mi subconsciente. Le pongo mentalmente los ojos en blanco a la perra, no estoy de humor para su mordacidad y justo ahora no quiero una batalla de voluntades con ella, ni con Cincuenta–. Ten un buen día.

Él asiente, suspicaz, antes de darme un beso en la frente e irse definitivamente.

Entonces me quedo sola en el amplio, silencioso y sumamente familiar salón principal junto al piano. Paseo la vista entre los muebles, las pinturas, por las paredes y el techo absorbiendo los colores, la luz; recordando todo lo que viví en este enorme hasta lo ridículo departamento, todas las sensaciones y todos los sentimientos, todas las peleas con Christian y nuestras reconciliaciones. Cierro los ojos, haciendo un repaso mental de nuestra historia, y cuando me da la impresión de que Christian ya está lo suficientemente lejos de Escala pero no tan cerca de su oficina como para que Taylor esté de regreso, me encamino a la habitación y tomo mi BlackBerry.

–¡Ana! –chilla la excitada voz de Kate al otro lado de la línea.

–Hola, Kate –sonrío. Su efusividad es bienvenida.

–¡Oh, Ana! ¿Cómo va la búsqueda, tienen algo?

Mi corazón se arruga y un poderoso dolor de garganta me hace creer que de nuevo voy a asfixiarme. Kate fue una de las primeras llamadas que recibí cuando la familia se enteró de lo de Teddy, y luego fue la de mamá; al parecer Christian le dijo a mis espaldas, y fue una verdadera tortura escuchar el tono lastimero y quebradizo de mi madre al teléfono. Sí, definitivamente no quisiera repetirlo.

–No, nada nuevo, al menos que yo sepa –¿Cuándo eres la primera en enterarte de las cosas, si a eso vamos?, espeta mi subconsciente y aunque deseo que se calle de una vez, tiene razón. Pero no es momento de recordar cómo Christian siempre me ha mantenido al margen de las cosas. Tengo que aprovechar que Gail fue a comprar víveres para preparar yo no sé qué exquisitez extranjera y no está para avisar a Cincuenta–. Quiero salir un rato y me preguntaba si te gustaría acompañarme.

–Me parece una excelente idea, Ana. Tienes que distraerte un rato, todos sabemos cómo te pones cuando los nervios te dominan. –Pongo los ojos en blanco, todos me dicen lo mismo–. ¿Adónde vamos?

***

Kate y yo nos encontramos a la entrada de la pequeña pero preciosa boutique donde Caroline Acton ha estado comprando mi ropa de embarazada, y mi amiga está por supuesto guapísima. Ha recuperado su figura de modelo, tiene el cabello unos centímetros más largo y cortado en capas que resaltan su rostro y sus expresivos ojos, iluminados con el brillo de una indiscutible felicidad pese a que la pena por lo de Teddy mantiene sus cejas fruncidas. Lo primero que hace al verme es envolverme en un gigantesco abrazo de oso que me veo en la obligación de acabar pronto, sino las lágrimas se me van a salir en plena calle.

–¿Cómo estás? –me susurra mientras envolvemos nuestros brazos juntos y nos adentramos en la tienda.

La boutique es pequeña sólo porque por capricho decidí aplicarle el adjetivo. Y es que después de haber acompañado a Caroline en una de sus compras en Neiman Marcus, no es de extrañar que ya casi nada me parezca lo suficientemente grande. Aunque este lugar está bien y es muy confortable en sus colores borgoña, plata y púrpura con diseños geométricos sencillos en blanco y negro. Muy moderno. Antes de salir de Escala, o escabullirme de Escala como no se cansó de recalcarme mi subconsciente, llamé a Caroline para que me consiguiera algunas prendas de ropa en vista de que no puedo volver a casa y buscar las que ya tenía; sin embargo, lo que ella no sabe es que nos vamos a encontrar.

–Podría estar mejor –contesto hacia Kate sintiendo cómo se me forma un nudo en la garganta.

–Lo sé, Ana. Pero no te preocupes, con la jugosa recompensa que está ofreciendo Christian estoy segura que Teddy volverá pronto sano y salvo.

Me detengo en seco, arrastrándola a ella y haciéndole voltearse en mi dirección, alarmada.

–¿Recompensa? –jadeo. Kate me mira con curiosidad.

–Sí, ¿no lo sabías? Christian la hizo circular por prensa y televisión.

¿Televisión?

–No, no lo sabía –Maldición, Christian, esto sí es para pelear–. ¿De cuánto es la recompensa?

Kate aprieta los labios y frunce las cejas, quizá considerando no prudente contármelo. Por favor, le ruego silenciosamente.

–Diez millones.

¡Mierda! ¡Diez millones de dólares!

Jadeo.

–Creí que lo sabías –repite ella más bajo. Niego con la cabeza, mis ojos abiertos de par en par. ¡No lo puedo creer!

–¿A ti quién te lo dijo?

–Elliot –se encoge de hombros–. Venga, Ana. Quizá Christian pensaba contártelo más adelante, cuando te…

–¿Tranquilizara? –siseo– ¿Crees que alguna vez me voy a calmar o "tranquilizar" sabiendo que algún maldito enfermo tiene a mi hijo? ¿Qué sentirías tú si le sucediera algo remotamente similar a Ava? ¿Cómo lo manejarías?

La expresión de Kate se trastorna ante mis ojos en cuestión de segundos, pasando de pena y preocupación a El grito de Edvard Munch.

–Perdona, Ana.

Oh no. Tiene los ojos húmedos y el labio inferior le tiembla de esa forma que hace que se me derrumbe el mundo encima; la tenaz y fuerte Katherine Grey Kavanagh a punto de llorar ante mis ojos. ¿Qué mierda me pasa?

–No, Kate, perdóname a mí. Estoy sensible y hormonal y tonta y… 

Su rápido y apretado abrazo corta mi discurso, dándome a entender que estamos bien. Kate me echa un vistazo cuando nos separamos, me da un beso en la mejilla y sonríe.

–Somos unas idiotas, eso no hace falta que nadie nos lo diga –dice, haciéndome reír suavemente–. Eso está mejor. Vamos a comprar.

***

Cogidas del brazo, nos pasamos los siguientes cuarenta y ocho minutos caminando por la boutique, viendo prendas y hablando. Kate me cuenta sobre Ava y Elliot, de los planes que tiene para el verano próximo, del ascenso que posiblemente le den en el Seattle Times, de lo mucho que se le hincha el corazón cuando Elliot hace el idiota con Ava… Al percibir mi desazón cambia gentilmente de tema con la facilidad que sólo grandes oradores, o manipuladores en masa, como ella y Cincuenta pueden conseguir sin hacerlo algo brusco o chocante. 

Mirando ociosamente entre las personas, una cabellera rubia llama mi atención y enseguida reconozco la suave vocecilla de Caroline Acton hablando por teléfono… puedo imaginarme con quién.

–Sí, Sr. Grey. Le avisaré cuando termine las compras. –Luego cuelga.

Caroline es, cómo no, rubia, pero no del estilo de Andrea, la AP de Christian, ni de ninguna de las otras empleadas que tiene. Ella es más bien menuda y delicada de facciones y gestos, como si estuviera hecha de cristal. Sus cabellos son amarillos como el oro y sus ojos son marrones, un rasgo que me impresionó cuando la conocí porque jamás he visto una rubia con los ojos así de marrones. Pese a que en su exterior pueda parecer frágil y remilgada, Caroline tiene un carácter firme y en ocasiones audaz, pero es muy eficiente y supongo que tendría que serlo para contar con la confianza de un obseso como mi marido.

Tomo a Kate de la mano y la conduzco entre los percheros con ropa hacia Caroline.

–Sra. Grey –murmura al verme, sorprendida. Tiene en las manos un precioso vestido violeta con tiras cruzadas en la espalda, algo que sin duda usaría en una de las fiestas de beneficencia a las que Christian siempre me arrastra.

–Buenos días, Caroline. Te presento a mi mejor amiga, Kate Grey. Kate, ya te he hablado de Caroline y su maravilloso trabajo. –Mi amiga asiente y ambas se estrechan las manos con formalidad.

–No me dijo que vendría. Ni el señor Grey –comenta Caroline con cierto recelo.

–Bueno –me encojo de hombros, jugueteando con un hilo invisible del cuello de mi camisa–, él está muy ocupado.

–¿Él sabe que usted está aquí? –Me dedica una mueca reprochadora y sé que Christian, si se entera, que lo hará, no sólo me descargará la tormenta eléctrica a mí sino también a ella y probablemente a Kate. Tuerzo los ojos. Me gustaría decir que me siento culpable, pero… bueno, sí me siento un poco culpable. Quizá debí pensarlo mejor.

–Ahora que lo mencionas, la verdad es que no recuerdo haberle comentado…

–¿No le dijiste a Christian? –Esta vez es Kate quien parece horrorizada y reprobadora. ¿Desde cuándo la población en pleno le teme a la reacción de Exagerado Grey?

Estoy por responder con una de las mías cuando mi BlackBerry comienza a sonar en mi bolso con la melodía "Your love is King" y toda la valentía se me drena del cuerpo en conjunto con la sangre. Esto no va a terminar bien. Cojo el móvil y atiendo.

–¿DÓNDE MIERDA ESTÁS? –Tengo que alejar el teléfono velozmente de mi oreja para evitar quedarme sorda. Phoebe se mueve en mi vientre y creo que hasta ello lo ha escuchado.

–Christian…

–¡Y UN CUERNO, ANASTASIA! ¿DÓNDE COÑO ESTÁS Y POR QUÉ SALISTE?

Joder, él está realmente, realmente enfadado.

–Me dijiste que fuera de compras –musito muy bajito.

–¡Te dije que hablaras con Caroline, no que fueras a buscarla! ¡Demonios, Anastasia, ¿sabes el susto de muerte que me he llevado cuando Gail llamó y dijo que no podía encontrarte?!

Oh no, Gail.

–Si no fuera porque he rastreado tu móvil… –se queda callado, y sé que está intentando controlar su genio– Te quiero en el apartamento en veinte minutos, ni uno más, Anastasia.

–Creí que estabas en una reunión –replico. ¡No me puedo creer que el Señor exagero-todo-más-allá-de-lo-racional hubiera dejado a sus socios colgados sólo porque fui a comprar un rato! Sé que quizá debí avisarle, aunque con eso sólo habría provocado que llamara al Ejército para que me impidieran la salida, de modo que si no le conté es por su culpa.

–Sí, lo estaba. Apenas acabó salí disparado de la oficina porque mi descarriada esposa decidió, una vez más, desafiarme y salir sin molestarse en enviar un mensaje. Ahora deja de cambiarme el tema y apresúrate si no quieres que me apersone en la tienda y te traiga yo personalmente.

–¿No te parece que quizá… no sé, exageras un poco?

Escucho cómo coge aire bruscamente. Jesús, he accionado la bomba.

–No, realmente no me lo parece. ¡MUÉVETE, ANASTASIA! ¡TE DOY LOS EXACTOS VEINTE MINUTOS QUE HAY ENTRE ESCALA Y LA TIENDA PARA VENIR, COMO TE TARDES MÁS…! –Otra vez sostengo el teléfono lejos de mi cara sintiendo que la tienda en pleno puede escuchar la explosiva y radiactiva ira Grey– ¿Has entendido? –Me pregunto si una terapia de manejo de ira podría contra él, aunque lo dudo seriamente– ¡Te pregunté si quedó claro!

Caray, cálmate, Grey.

Y en uno de mis ataques de estupidez se me ocurre desafiarle.

–Quiero seguir comprando.

–No lo harás –gruñe.

–¿Por qué no? No estoy sola, hay un montón de gente aquí y ya no hay peligro para mí. Realmente…

–Eso es lo que tú crees –me interrumpe en un susurro, me parece que habla más consigo mismo que conmigo, pero no puedo evitar que las palabras vaguen lentamente por mi cerebro hasta calar profundo en mi central de mando. ¿Persiguiéndome?, ¿alguien está persiguiéndome? ¿Otra vez tras de mí? ¿Tras nosotros? ¿Tiene que ver con Teddy? ¿Acaso nosotros somos la razón de que se lo llevaran?–. Regresarás enseguida –asegura, y sé que no hay discusión. Es mejor no presionarlo.

–¿Quién nos persigue, Christian, y cómo lo sabes? –Me llevo la uña del pulgar a la boca y muerdo. Joder, esto es malo.

–Anastasia…

Venga, Ana, harás que haga implosión, y no será algo bonito para ver. Mi subconsciente está preocupada y mi diosa interior, escondida bajo su chaise longue temblando. No hago caso.

–Respóndeme, Christian. ¿Es por eso que…? –las preguntas se disparan una tras otra en mi mente hasta que una frase me golpea la cabeza tan fuerte que sacude todas y cada una de mis ideas.

Es por Christian.

–No voy a discutir esto contigo por teléfono –espeta.

–Pero tampoco en persona –rebato, sin embargo, bastante distraída con mis pensamientos.

–Si sigues así, por supuesto que no. ¡MUEVE TU TRASERO DE REGRESO O YO LO IRÉ A BUSCAR! ¿FUI CLARO?

–Sí, Christian. Entendí.

–Bien. Apresúrate.

Cuelga.

Me quedo momentáneamente suspendida en una nebulosa de miedo, desconcierto y duda. "¿Quién, cómo, por qué?" son básicamente las interrogantes más apremiantes y cuyas respuestas voy a tener que luchar por conseguir, eso lo sé. Christian, en su fantasiosa idea de protegerme, va a mantener cada retazo de información tan lejos de mis oídos como se pueda, y si está en su mano también querrá encerrarme en su torre de marfil para impedirme averiguar nada. Maldición, es tan frustrante. Ya estoy agotada y eso que aún no me le enfrento.

Miro mi reloj y luego a Kate y a Caroline; no me cabe la menor duda de que mi furioso marido cumplirá su amenaza de venirme a buscar si no regreso enseguida a Escala, y realmente no tengo ganas de ser parte de un espectáculo justo ahora. Me despido de ambas sabiendo que no necesitan explicación ya que pudieron escuchar lo más esencial de la conversación: el tono de Christian. Me despido de mi amiga con un fuerte abrazo prometiéndonos visitarnos pronto, le digo adiós a Caroline y emprendo el camino de regreso a la entrada de la tienda.

No puedo creer que Christian sea tan… maniático. Me pregunto hace cuánto que sabe que van tras él, o nosotros, y por qué está tan seguro. Quizá hasta pruebas tiene; puede que en nuestra casa haya pasado algo malo, realmente malo y por eso no quiere que vaya. Entonces resuelvo ir un día a pesar de la terrible ira de la que pueda ser víctima luego, y quizá hasta me lleve a la tenaz señorita Grey Kavanagh conmigo.

Entro en mi Saab y suspiro al poner la llave en el contacto. Diablos, realmente me gustaría ir a cualquier otro sitio en lugar de Escala; Christian va a estar como un basilisco combinado con un ogro y un horrible dementor, de Harry Potter. No es como que quiera enfrentarme a eso, aunque sé que si no aparezco a la de ya, va a ser mil veces peor. Cincuenta, Cincuenta, Cincuenta, ¿qué rayos voy a hacer contigo?

domingo, 26 de enero de 2014

Capítulo 3: Buen día, sra. Grey.

Nos miramos fijamente sin decir nada y sin movernos apenas, manteniendo aún una distancia de al menos treinta centímetros, valorándonos mutuamente como si quisiéramos hacernos el amor con los ojos antes de proceder con el cuerpo. Es increíble lo que me hace este sexy, caliente hombre tan sólo con sus ojos grises, su presencia y esa postura predadora. ¡Por todos los cielos, que no me ha tocado y ya mi respiración es errática! Un dulce cambio de ritmo. Un panorama completamente nuevo muy bienvenido.

–Te amo tanto, Christian –murmuro salvando la distancia que nos separa, deslizando mis manos por su cuello y afianzando el agarre en su pelo suave, sedoso, como tocar plumas. Riego su bello rostro con besos y ligeros mordiscos, pasando la lengua por la barba de un día que pica bajo mis labios y hace que me caliente como el infierno. Mis manos bajan por su pecho ancho y fuerte, el abdomen definido, hasta llegar a la cintura de sus jean azules para soltar el botón que hace un sonido inofensivo pero tan cargado de sensuales promesas…

Christian agarra mi barbilla para que deje de morderme el labio inferior y luego se inclina para besarme. Duro. Necesitado. Es evidente que esta situación no sólo me ha afectado profundamente a mí, Christian también está desesperado, aunque no lo demuestre tan abiertamente. Sus manos se mueven casi con rudeza a mi cabello para sostenerme, mientras su boca allana la mía, su lengua clama y exige, da y pide con un fervor que no hace más que tenerme lista antes de que hayamos siquiera empezado a tocarnos. Toda yo vibro como el motor de un auto viejo mientras Christian Grey, mi caliente marido, hace su magia usual pero oh tan maravillosa.

–Te amo, Anastasia. –Él comienza una lenta tortura de regar besos y chupetones por mi cuello, aunque no lo suficientemente fuertes como para dejarme de nuevo esas horribles marcas. Se posiciona detrás de mí, toma mi cabello y comienza a trenzarlo con facilidad antes de darme un tirón que me obliga a dar un paso atrás hacia él–. Eres tan hermosa.

Toma mis pechos hinchados en sus manos fuertes, habilidosas, apretándolos y masajeándolos mientras sus dedos comienzan a torturar, halar y pellizcar mis pezones. Enseguida el cable que conecta con mi ingle se tensa enviando por todo mi cuerpo deliciosas descargas de placer, haciéndome abrir la boca y gemir con fuerza. ¡Demonios, Christian! Él coge el bajo de mi vestido, lo alza lenta y tan tortuosa pero-oh-provocativamente antes de tirarlo a su espalda en el suelo, que mi diosa interior no estalla en combustión espontánea por pura suerte. 

Estoy en bragas y sujetador con un corazón cada vez más acelerado, viendo cómo Christian se deshace de sus pantalones, zapatos, calcetines y calzoncillos. Glorioso, desnudo, apetitoso dios griego todo para mí. Deslizo mis manos por mi espalda y me deshago del sujetador, luego hago lo mismo con las bragas. Ahora estamos desnudos, jadeantes, y calientes como el infierno.

Acerco mi nariz a su torso e inhalo con fuerza esa deliciosa fragancia a gel caro, semental y Christian, el más afrodisíaco de los aromas, antes de pasear mi lengua por su parche de vellos camino del cuello y luego de regreso y hacia abajo por el abdomen. Me dejo caer en la cama permitiendo que Christian separe mis piernas con sus manos; todos los músculos al sur de mi cintura se tensan cuando su fabulosa boca se pasea sin prisas, casi con una burlona lentitud deliberada, por mi cuerpo, mis muslos, mis caderas, mi abdomen, entre los pechos, que lame, muerde y chupa antes de proseguir su camino hacia arriba hasta encontrar mi boca. Siento su erección contra mi cadera y sus manos en mi pecho.

–Christian… –Suplico y me retuerzo.

–Eres preciosa, Anastasia.

Su boca baja de regreso por mi cuerpo y se asienta en la zona interior de mis muslos, sus manos siendo parte del sensual asalto. Mi espalda se arquea con fuerza cuando su boca húmeda y su respiración caliente se hallan ya a unos casi inexistentes centímetros de mi sexo.

–Por favor…

–Shh.

–¡Christian! ¡Ah!

Y cae. Su lengua comienza a hacer estragos en mí, masajeando mi punto externo más sensible, enviando impulsos eléctricos por todo mi cuerpo que arquean más y más mi espalda. Siento cómo se me tensan las piernas instantes antes del inminente, liberador y poderoso orgasmo que barre mi sistema de cabeza a pies con fuertes sacudidas y réplicas. Apenas logro acompasar mi respiración lo suficiente como para ser consciente de Christian cogiendo mis piernas y amarrándoselas alrededor de la cintura.

–De vuelta a casa –murmura, posicionando su erección a la entrada de mi cuerpo como si se tratara de un torpedo en su compartimento de disparo. Luego, muy lenta y maravillosamente, se introduce en mí, expandiéndome y enviando más oleadas de calor y temblores por todo mi cuerpo.

–Oh, Ana.

Se mece suavemente adelante y atrás, con lentitud, burlándose de mí como acabó de hacer con su boca. Me aferro fuertemente a las sábanas y cierro los ojos, absorbiendo la sensación.

–Christian… más rápido.

–Todavía no. Siéntelo. –Se inclina y me besa. El vaivén de sus caderas va a volverme loca, va a matarme. Toda la tensión muscular, toda la tensión emocional… él tiene en sus manos la llave para liberarnos a ambos aunque sea por unos mágicos instantes, pero en lugar de eso sólo se mofa de mí recordándome que mi placer le pertenece por completo, así como a mí el suyo–. Abre los ojos. Quiero verte. Necesito verte, Anastasia.

Lo hago y lo miro. Me resulta increíblemente cautivador cómo su rostro puede ser sensual a pesar de la tensión que irradia. ¿Tensión por el sexo, por Teddy? No me queda claro. Pero entonces comprenderlo del todo siempre ha supuesto un desafío para mí, por lo que quizá no debería sorprenderme.

Christian empuja fuerte una vez dentro de mí haciéndome gritar más por la sorpresa que por otra cosa; aún con sus ojos firmemente clavados en los míos, comienza finalmente a moverse. A moverse realmente. Siento que cada vez veo la cima más cerca y casi puedo saborear la inminente caída mientras mi cuerpo escala y se construye a su alrededor. Sus acometidas se intensifican, aumenta la velocidad de sus embistes y toda yo me siento desvanecer en un mar de sensaciones: sus manos en mis pechos, su miembro dentro de mí, su boca cuando desciende para besarme y esos ojos fijos que nunca dejan mi rostro… Intento mantener los ojos abiertos como me ha pedido, pero es demasiado el esfuerzo.

–Vamos, Ana. Dámelo. –Acelera. Escucho cómo aprieta los dientes mientras se resiste a su liberación hasta que yo no alcance la mía. Coloca su mano sobre mi pecho, justo a nivel del corazón, y se me hace tan notorio el golpeteo de su pulso en la palma de la mano que eso es todo lo que se necesita para hacerme caer por el vacío y arrastrarlo a él conmigo.

–¡Christian! –mi grito sale con fuerza mientras me aferro a sus brazos y mi cuerpo se sacude con las réplicas y luego cae laxo y relajado.

Abro los ojos, conocimiento recuperado tras ese orgasmo tan demoledor. Miro a la derecha y Christian está ahí, yaciendo a mi lado, acariciándome la mejilla mientras nuestras respiraciones se tranquilizan. Arrastra el cobertor sobre nosotros y me envuelve en un cálido y confortable abrazo en el que, sin darme cuenta, me quedo dormida.

***

Me despierto en medio de una nebulosa pos orgásmica sintiéndome confusa y curiosamente fría, pero es porque el lado de la cama de Christian está frío. Me desperezo lentamente aprovechando para analizar cómo me siento tras todo lo que ha pasado, incluyendo este último episodio. Aún me preocupa Teddy, ¿cómo no podría?, mas ahora siento la cabeza más despejada y libre de lo que la tenía en el hospital.

Decido levantarme y me dirijo al baño. Allí, delante del espejo, puedo apreciar el horrible moretón en mi mandíbula cuando el encapuchado me atacó antes de llevarse a mi hijo por la ventana. ¡Jesús! El corazón se me comprime cuando pienso en mi pequeño, asustado, solo, quién sabe dónde, e instantáneamente se me viene a la cabeza mi imagen mental de Christian con cuatro años: sucio, hambriento y desgraciado.

¡No, mi hijo no!

Las lágrimas me resbalan por las mejillas mientras pienso en mi pequeño hombrecito y en mi hombre de pequeño. ¿Está destinada a repetirse la historia, aunque en circunstancias algo diferentes? No, no quiero pensar eso. Hay que ser positivos, Teddy estará bien y pronto volverá con nosotros. Sí, con Christian y conmigo.

Abro el grifo y me lavo suavemente la cara. Mi Blackberry suena cuando me estoy secando, y no puedo evitar fruncir el entrecejo mientras regreso al cuarto a buscarlo. ¿Quién puede ser? ¿Del trabajo? Saben que estás de maternidad, Ana, replica mi subconsciente. ¿Los Grey, entonces? Puede ser. Abro la aplicación de mensajes y leo.

UN PEQUEÑO GOLPE BIEN ASESTADO PUEDE CAUSAR MÁS DAÑO QUE EL ATAQUE DE UN EJÉRCITO ENTERO. BUEN DÍA, SRA. GREY.

El color abandona mi cara mientras leo una segunda y hasta tercera vez el mensaje. Reviso rápidamente el número, pero está como privado. Sé que Christian y su equipo de acosadores podrían averiguar la localización de este número enseguida, y quizá eso nos lleve a Teddy.

Salgo precipitadamente del cuarto y me encamino a su estudio. Toco tímidamente y entro, él está con Taylor, Sawyer y un agente de policía que no había visto antes. Los cuatro se giran hacia mí tan velozmente que me hacen sentir diminuta y entrometida, así que respiro hondo antes de caminar hacia mi marido, que parece perplejo y algo irritado por mi presencia.

–¿Qué pasa, Anastasia? –Rodea su escritorio y viene a mí enseguida.

–He recibido un mensaje de texto –le informo.

Sus cejas se disparan y por el rabillo del ojo veo que también Taylor está sorprendido. Seguro ya piensan que la locura me está ganando. Le paso mi Blackberry para que lea el texto y soy testigo de cómo su semblante va cambiando de "blanco preocupación" a "lívido de enfado" en un abrir y cerrar de ojos. Luego le lanza a Taylor una larga mirada por encima de mi cabeza antes de volverse a mí.

–¿Cuándo llegó?

–Hará poco menos de un minuto.

Entonces se vuelve al oficial de policía.

–Agente Rancoff, ésta es mi esposa, Anastasia Grey.

El agente Rancoff me saluda con un asentimiento y yo hago lo propio antes de fijar mi atención en Christian.

–¿Crees que Barney pueda localizar el número?

–Hay que ver. Aunque lo encuentro difícil. Si este texto es del secuestrador no lo habrá mandado desde un número que podamos rastrear con facilidad. –Vuelve tras su escritorio, levanta el teléfono fijo y hace una llamada–. Barney. Grey. Te necesito en Escala lo más rápido posible, es un asunto muy urgente.

Luego cuelga.

–Pero igual tener esto puede ayudar, ¿cierto? Quiero decir que antes no teníamos por dónde iniciar, y ahora sabemos… algo –digo encogiéndome de hombros, buscando desesperadamente en los presentes algún indicio de que esto pueda acercarnos a Teddy más de lo que estamos ahora. Christian regresa frente a mí y me da un suave beso en la frente.

–Sí, amor. Esto es mejor que nada –intercambia otra mirada silenciosa con Taylor–. ¿Por qué no vas a darte un largo y relajante baño mientras yo me encargo de esto?

¿Mientras tú qué? Ni de chiste.

–No. Es mi hijo y tengo derecho a saber todo lo que está pasando, incluyendo lo que hablas con la policía –espeto.

–Anastasia…

–Y un cuerno, Christian. Sé que lo haces para evitar que me estrese y resulte un estorbo más que otra cosa, pero me voy a estresar realmente si tengo que pasar días y días sin noticias de ningún tipo sólo porque tú eres un controlador obsesivo –mi voz ha ido in crescendo mientras todo el estrés en mi cuerpo crece y crece pero sin alcanzar algún punto de liberación. Es evidente que la dicha poscoital me duró realmente poco.

Christian me mira por un momento en el que veo la lucha que se lleva a cabo en su interior a través de esos ojos grises.

–Yo no te considero un estorbo –dice con cautela.

–¿Entonces?

Joder, ¿necesito acaso su permiso para tener noticias de mi hijo?

Cierra los ojos con fuerza mientras pasa sus manos, ambas, por su cabello cobrizo. Puedo sentirlo en lo más profundo de mis huesos: una poderosa pelea se avecina y yo sólo puedo intentar hacer reaccionar a mi diosa interior –que aún delira por el orgasmo de hace rato– para que junto con mi subconsciente me ayude a hacer frente al huracán Christian.

–De acuerdo –suspira, y yo no me lo puedo creer. ¿Eso fue todo, tan fácil? Mi subconsciente ya hasta se había puesto el uniforme de samurái.

Lo miro mientras rodeo su escritorio para sentarme en su trono de amo y señor del universo. Él echa un vistazo a mí y por cómo brillan sus ojos, puedo ver que está enojado, muy enojado, pero con eso ya lidiaré después. Christian suspira y asiente al agente Rancoff, quien le devuelve el gesto.

–Bien, señor Grey, procedamos con la recopilación de hechos de la noche en cuestión –dice con un marcado acento ruso o quizá húngaro, no lo puedo detectar bien.